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domingo, 25 de mayo de 2014

Poesía




Lin Jinfu






Viaje menor 

Recuerdo mi casa, ajena
en el vientre de Santiago
(y, como en suerte de mago,
extraigo la carta buena
de su olor): enorme, plena,
con su pasillo central
y esa guitarra de sal
que no tocó, que no toca.
Luego, silencio; a mi boca
sube un sabor de cristal.

Y veo a mi hermano sentado
en su rincón de la sala:
Lleva una herida (o un ala)
que desangra en el costado.
Veo el tesoro enterrado
en un cantero, y la tía
que muere de su agonía
sin final (triste y menuda).
Y allá en el fondo, esa viuda
desolación, madre mía.

Cuántos rostros familiares...
Gentes que vienen o van
como pedazos de pan
recién mordidos, impares.
Gentes como híbridos mares
donde aún navega mi infancia.
Retazos de esa fragancia
que me guardo en estos versos,
fantásticos universos

de dulce insignificancia.

                                               Alberto Serret



Poesía




Roberto Ferri






¿Entiende el mar lo que hablo

cuando me llego a su orilla
y en la habitual maravilla
de sus almizcles entablo
un diálogo mudo, y hablo
conmigo mismo ante él?
No hay anclas ni timonel
para ese diálogo humano
que deja sal en la mano
y agua de sal en la miel,
o fluye bajo mi piel
hasta quedarse en el fondo.
Líquenes rojos que escondo
en un secreto bajel:
mi viejo barco, mi fiel
bajel de infancia.  Si amar
es como morder o echar
al viento una red de plata,
¿por qué la angustia me mata

cuando hablo con el mar?

                                               Alberto Serret


Nota: Los versos que abren y cierran el poema pertenecen a la ópera de Pavel Grushko, basada en la pieza de Pablo Neruda. 




Poesía




Andrew Salgado








Conversación con el otro, el que sonríe 
 
Mientras danzas, payaso, sobre una cuerda floja,
yo repaso mi infancia, hoja por hoja:
La madrina postrada con dolores de pecho
comiéndose a Meñique crudo, frío, deshecho;
los árboles sangrantes, los heridos piñones
del patio de La Maya. Sagrados corazones
de cabellera blonda y ojos como los de
mi padre, el añorado, el que ya se nos fue.

Abro cajas, gavetas, cofrecitos de antaño
y encuentro, medios rotos y estrujados, diez años.
¿O acaso quince?, ¿veinte? No sé cuántos milenios.
Y Aladino y su lámpara, en la que ya no hay genios.
Y la canal del chorro, y otra tarde de lluvia
donde me iba a bañar con la vecina rubia
(se casó aquella noche y volvió con el cuento
de un falo como estaca y un marido violento).
Tanto sol que arde, que me arde y me ciega:
un ataúd, un río, esa mujer que llega,
y el semen que me sale con angustia, diosmío.
Y soldaditos mancos. Y judíos que ardieron.
Cuánto arsenal insomne, cuanto niño en creciente
que perdió hasta la luna con los primeros dientes.

Nos vamos mutilando, infundiéndonos pánico
con cada cucharada de miel y Yodotánico;
nos podamos las ramas en días más que oscuros
para que no perturbe el reino de los muros.
Agua limpia a podrirse junto al acantilado
que atrapa el cielo infecto
de una larva de insecto
condenada a ser fósil en su marco dorado

Yo me niego,
me niego,
me niego a desandar por el mismo vacío
que degolló a Meñique, y a La Maya, y al río,
y me niego a heredar la hipócrita sonrisa
que acepta y se conforma, disimula y bautiza.
En todo caso escojo un papel
secundario:
                        el de arcángel Miguel,
el tremendo emisario
de la luz; el que pronto se consume en la hoguera
que los inquisidores dan a la primavera,
y de entre cuyos hombros, tal vez discretamente,

se desprenda una pluma y se eleve, aún caliente.

                                                                   Alberto Serret


Poesía




Durero







Diestra y siniestra

Aquí dejo mis manos, al alcance de todos:
sus yemas, sus nudillos, sus dientes apretados,
sus anchos equinoccios y esos montes poblados
por las múltiples formas de la inquietud y el modo.

Si sudan fuego líquido, si palpan al través
la soledad o el nardo de otra mano desnuda,
si posan a las cámaras para una estampa muda
que funde en sus imágenes el dorso y el envés;

si claman por caricias o se aquietan, neutrales,
tras pasar como inmensas tataguas agoreras
por los filos del ser; si construyen naciones...

siempre serán mis manos como absortos cristales
de acomodar el mundo, y a pesar de esa fiera
que acecha agazapada en tantos corazones.

Aquí dejo mis manos.  Que las tome el que quiera.

                                                                                                            Alberto Serret 

                                               

Poesía




Hernan Gimenez








Preguntas del Poseído



Dime tú, larga vejez,

¿adónde aguardas, deudora,
como una novia a deshora
coronada de ciprés?
¿Qué savia vendrá después
a rumorearme en las venas;
qué penumbra, qué otras penas
tendrán mis tardes, mi origen
y las linfas que lo rigen
desde sus aguas morenas?
¿Qué exhumación de azucenas
y amputaciones me guardas?
En la otra orilla, tus pardas
tribus de pardas sirenas
rompen lingotes de arena
con la punta de un bauprés.
¿Les pondrás bota a mis pies
cansados de ir desnudos?
Y la razón de tu escudo,


¿decoro o venganza es?

                                        Alberto Serret


Nota: Los versos que abren y cierran el poema pertenecen a la ópera de Pavel Grushko, basada en la pieza de Pablo Neruda. 

Poesía




Hugh Ramsay







Vienes
inesperadamente,
                        me abrazas.
Tu pecho es tibio aún,
y yo me aferro a él,
aunque sé que no estás
aquí donde debieras, que no puedes
besarme
ni pronunciar palabra como antes,
papá.

Detrás de tu figura,
ese esplendor inexistente
y una aglomeración de criaturas insomnes
que se dirigen a ninguna parte,
                        a un tiempo que ya no
con sus cordeles de humo.
Desde el borde del sueño,
en lo limítrofe,
            amanece.

Una mujer que me ama –estoy seguro
duerme junto a mí,
obstruyendo la puerta entre dos mundos,
            sin dejarme pasar.
No me atrevo a hacer ruido por miedo a despertarla
y que un resplandor súbito nos ciegue.
Y me quedo en silencio, en la penumbra,

hundido en el dulzor fugaz de tu presencia.

                                                                 Alberto Serret


Poesía




Sergei Chepik








¿Y qué olor tiene el amor?

¿Olor a sangre que llega
y a leche humana, y a siega
de millo fresco, a dolor?
Sorbo de lirios, fulgor
que abreva en copas de vino,
a la mitad del camino
toma resabio en la piel
y en un adiós de papel
sin capitán ni destino
echa su rumbo marino,
igual que un ancla que sube
y que se clava en las nubes
con su furor peregrino.
¿Qué olor a clavo y comino
se le ha prendido al olor?
Su intransferible rumor
huele a manía de besos.
¿Qué muerte lleva en los huesos?

¿Y la muerte, qué sabor?


                                              Alberto Serret


Nota: Los versos que abren y cierran el poema pertenecen a la ópera de Pavel Grushko, basada en la pieza de Pablo Neruda.