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miércoles, 31 de julio de 2013

Poesía


      Ramiro Ramírez  (de la serie Tauromaquia)





Mediodía y sombra

¿Y si de pronto muero?  ¿Y si me acabo
de pronto de una simple podredumbre
o un próximo traspié?  ¿Si me derriban
como a sota de espada en el camino?

             ¿Y si a pesar de todo soy tan frágil,
aún más que el carapacho de un insecto
que otea desde el tope de una aguja
hacia los cuatro puntos cardinales?

            ¿Y si un dedo se hunde, ayudador,
en el pecho con sangre del vigía?
¿Y si algo me deshace como a un soplo;

y si no vas conmigo en ese instante?

                                                            Alberto Serret

Poesía



                

   Edward Burne-Jones




Te reconozco 

                                  Para Chely

Como rayo de abismo para el párpado ciego
te acomodas y abates desnuda en el abrazo.
Toda tu piel es hambre; toda cópula, muerte.
Y la tristeza casi como un cúmulo helado.

Te vas a la deriva, y eres un bote de agua
preso de mi corriente, que ya no desemboca,
ni ruge ni se apaga como un mal pensamiento.

Eres mi dulce tabla de salvación, el puente
que llega al otro lado, el ala de una hormiga
desprendida de un suave volido hacia el otoño.

Eres todo lo mío, todo lo que no existe
entre mi yo y mi sombra colgada a las paredes;
yo veía tus ojos flotando entre las hojas
negras, fosforescentes: dos bárbaras luciérnagas,
y tus manos, menudas, cubiertas de ramitas,
y tu pelo de paja, de tempestad y millo.

¿No fuiste, acaso, hermana secreta de mis años,
la tierna y alta hermana que se sentó a mi mesa
para comer conmigo, la intacta
pasajera sin formas, como hecha de neblina?

¿No eras tú quien rasgueaba la guitarra a lo lejos
mientras los gallos finos, muertos en el vallado
picoteaban su horror en un rincón del patio?

Hermana tú, mi hermana, cómplice del incesto:
Similar de la imagen en un charco crecido,
¿por qué no me entregabas tus piernas en declive,
el páramo desierto de tu vientre, las lúcidas
parábolas sin fin, blancas, de tus caderas?

¿Por qué, ya desde entonces, por qué no amanecías
en el alba de anillos finísimos de cobre
de aquel amor pueril, el alba de mis nervios?

Voy a pie desde ti, persiguiendo tus huellas,
el rastro de tus garzas, el rastro de tus sombras,
el rastro de tus lirios y de tus terremotos…

                    Alberto Serret


Oniriasis: una publicación rara




Oniriasis (Cuentos de amor y terror

Un libro de Alberto Serret que se publicó en Quito, Ecuador, a finales de los años noventa, como parte de la colección de volúmenes que echó al mundo la Biblioteca Borges con un terminado artesanal, y de la cual ya no deben existir muchos ejemplares.  
Quede acá constancia de su existencia, 
como una rareza.




Poesía




  Ludwig Von Hofmann  (Muchachos y barqueros)



Campos de la mariposa  

Los cuerpos, ah los dulces pobres cuerpos humanos
con su tronco y sus pencas, sus raíces desnudas
batiendo el aire: copas profanas que la noche
dotó de lenguas húmedas, de contráctiles manos

y huesos inconformes cuya existencia muda
sube a la piel, pujante, descerrajando broches.
Abatidos parecen casi banderas puestas
a hinchar la superficie de los horizontales

sentidos de la inercia, como lagos carnales
donde el placer arroja sus anclas imperfectas.
De pie, son el enigma constelado de grutas

y cúspides turgentes que florecen o estallan:
Mensajes de uno mismo donde las voces callan
y emprenden el ascenso por innombrables rutas.

Los cuerpos, ah los dulces pobres cuerpos humanos
llenos de lenguas húmedas, de contráctiles manos.

                    Alberto Serret

                                                                          La Habana, 1987


Poesía






Barroca transparencia

De niño yo siempre veía a los marcianos. 

Entraban a la casa atravesando las paredes 
y se escondían bajo las mesas
o detrás de un armario. Con sus rostros insólitos, 
con sus manos azules,
con sus cráneos astados, con sus vientres de mimbre. 

Luego, cuando ya se habían ido, 
yo corría a contarle a mi madre;
pero sé que ella nunca me creyó, nunca me creyó...

          Al pasar de los años me vi crecer del pubis 
una flora terrícola,
aprendí a masturbarme y a desconfiar del prójimo; 
supe amar como nadie,
sin discreción, sin mancha: amé como un bendito 
a hembras y varones,
encima o debajo de las camas, encima o debajo de mí mismo.
    
      ¿Y los marcianos? 
Siempre ahí, latiéndome por dentro.  Profundos.  Vigilantes. 
Yendo y viniendo a ratos,
condimentando el mundo sin que nadie los vea.

Ni siquiera mi madre, que no quiere creer en ellos todavía.

                               Alberto Serret


Consultorio Terrícola y una crítica de Antonio Orlando Rodríguez



El escritor cubano-americano Antonio Orlando Rodríguez publicó una crítica imperdible del libro de cuentos de ciencia ficción Consultorio Terrícola, de Alberto Serret, por el tiempo en que se publicó:


Peligroso Terrícola
Antonio Orlando Rodríguez

Mensaje encontrado en una cápsula ambarina, 
de configuración dudosa,
en el reparto habanero conocido como la Puntilla.
...............................

A: Centro de Control de Ganimedes, Marte
DE: Agente Secreto “Abuelo”
ASUNTO: Caso Trespalacios

De acuerdo con las instrucciones recibidas, proseguí vigilando al escritor Alberto Serret y a su esposa, pues aunque Chely no es el objetivo central de mi misión en este planeta, cualquier asunto en el que se halle metido él, ella estará involucrada también hasta el cuello, pues ambos son uña y carne, inseparables, siameses espirituales.
         
 En el tiempo transcurrido entre el anterior reporte y este, todo estuvo tranquilo por acá. Demasiado tranquilo, diría yo.  Cuando ya desesperaba por encontrar nuevas informaciones, me enteré de algo importantísimo.  Acaba de ponerse a la venta un nuevo libro del sujeto de marras, titulado Consultorio terrícola.  Rápidamente me dirigí a la librería más cercana y adquirí el susodicho volumen de relatos.
          
¿Y qué creen que descubro, no más tomarlo en mis manos?  Pues que uno de nosotros, de cuello y corbata, tal y como somos, aparece dibujado en la portada.  ¿Cómo lograron hacerse de imágenes nuestras?  ¿De dónde sacaron el material gráfico?  Por sí o por no, sugiero incluir urgentemente al diseñador, llamado Régulo Cabrera, en la lista de los terrícolas a vigilar.
          
Empecé a leer el libro y al punto me sobrecogió el pánico.  No hay dudas de que el tal Serret al que me ha tocado en suerte controlar es un tipo peligroso.  Cómo, lo ignoro, pero lo cierto es que ha logrado reunir y dar a la publicidad los nombres de las distintas criaturas que habitan nuestro mundo: están todas ahí, no falta una: homocornios, lafartisis, mamisaurios y papisaurios, zéjeles, noctúrbagos e imparalosanes.
          
Pero eso no es todo, lo peor es la perspicacia con que describe nuestro planeta.  Tal parece que hubiera estado allá en múltiples ocasiones.  Lo cual es imposible, claro, pero… ¿Cómo conoce entonces tantos detalles, a veces de una sutileza escalofriante?  ¿Será que algún  traidor le proporciona información de primera mano para que él re-elabore literariamente?
          
Tomemos por ejemplo uno de los cuentos del libro, que se titula Las piernas de Milton.  Pues bien, si revisan ustedes la memoria de la computadora central del distrito N-X-709, verán que allá por el Tercer Ciclo, en el cuarto o quinto período… no recuerdo bien, ocurrió en nuestro planeta un caso similar al que ahí se narra.
          
Y no es esa la única “coincidencia”, no.  El texto del poema que se cita en El vientre de la flor (un relato de un erotismo “¡de anjá!”, como se dice en este rincón de la Galaxia), es una paráfrasis de la Oda V-M-304, del bardo-robot 12-098-MZ.
         
Obviamente son muchas casualidades. Sin pecar de paranoico, me temo que algún noctúrbago ha establecido comunicación con el matrimonio y está vendiendo nuestros secretos.
       
Adjunto ejemplar del libro, para que comprueben que no exagero. Está un poco estropeado por tanto manoseo, pues, aparte de todo, las historias son tan buenas que me las he leído como tres veces. No en balde apareció acá en la lista de obras más vendidas de 1988.
          
Sin embargo, no se alarmen más de la cuenta. La situación es crítica por la fuga de información, pero no tan terrible como parece.  Recuerden que, para suerte nuestra, el libro fue publicado por la Editorial Letras Cubanas con un letrero que dice CIENCIA FICCION, y eso nos sirve de resguardo.  Será interpretado como algo fantasioso, lejano de la realidad, y únicamente unos pocos seres con dos dedos de frente podrán intuir cuanto de cierto hay en sus páginas.

Aun así recomiendo un estudio minucioso del caso y tomar sin más tardanza una determinación.  Si el escritor o su compañera publican otra obra más sobre mundos lejanos y seres de otra naturaleza, ¡quién puede predecir hasta qué punto llegarán sus indiscretas revelaciones!
          
Con la esperanza de que mi relevo llegue en la fecha prevista, se despide, extraterrestremente,
                                     Agente Secreto “Abuelo”




                   

Poesía


        Pintura funeraria etrusca





Sortilegio para convidar la soledad 

No queda nadie en el espacio oscuro. 
No queda nada. 
Sólo silencio en el espacio oscuro 
donde habitaba mi alma hecha un ovillo. 
Sólo mi alma en el espacio oscuro. 
Sólo mi alma que intercede por todos 
frente a la noche interminable. 
No queda sino el soplo de una boca que agita 
su tímido tenor, su cuajo de vacío. 
Sólo mi alma desnuda con un rostro en la mano. 


Alberto Serret




Poesía


Alberto, a principios de los años ochenta.



Embriagado

M
e da tanto placer el vino que en la boca
rompe su tremedal de greda transparente,
el vino que, en la lengua, por encima del puente
que hace mi garganta, se vuelve agua de roca;

el vino que me vino del hueco de tu mano,
añejado en un cráneo de mamut o de abuelo.
Me sabe a miel hipnótica su cristal en ciruelo
y a ciruelo exprimido sobre un vientre profano.

Me da tanto placer deglutirlo hasta el fondo
de esta sed apremiante que sigiloso escondo
para que nada ensucie la sustancia o el vino,

el pozo de ámbar dulce que bebo contra el pecho
líquido de la sombra, hecho un demonio, hecho
bestia o dios que eyacula sobre el propio destino.

                         Alberto Serret


Dos rostros de la Serpiente Cósmica




Dos rostros de la Serpiente Cósmica
Alberto Serret


La serpiente ocupa un sitio relevante entre los animales sagrados de América. La encontramos por todas partes: lo mismo en la sofisticada imaginería maya, que llamó a su dios y héroe civilizador Quetzatcoalt o Serpiente Emplumada, y creía que en momentos de trascendencia histórica los antepasados divinizados se manifestaban con forma de serpiente, que en los mitos milenarios de los chamanes americanos de norte a sur -quienes conocen el secreto de cómo entrar y salir de mundos inaccesibles al resto de los mortales, cuyas guardianas suelen ser enormes serpientes maestras- pasando por los más humildes ayahuasqueros, indígenas o mestizos, que ven ofidios de intenso colorido presidiendo o animando sus estados de trance.

Algunos estudiosos del tema chamánico la han asociado a la escala celeste o axis mundi, y a las formas serpentinas del ADN. Chevalier y Gheerbrandt se refieren a ella en su Diccionario de Símbolos diciendo que "es femenina y también masculina, gemela en sí misma, como tantos grandes dioses creadores quienes siempre son, en su representación primera, serpientes cósmicas (...) Es un viejo dios primero que encontramos en el inicio de todas las cosmogonías antes que las religiones del espíritu lo destronen".

Si bien en algunos pueblos de tradición del continente americano, la mítica de la serpiente se ha confundido con la del diablo a partir de la penetración de la religión católica, en otros casos continúa intacta su compleja dualidad simbólica, que suele relacionarla con su opuesto, el pájaro, recreando en ocasiones entidades serpentinas que participan de ambas naturalezas.

Amaru:
(Tradición de casi toda América del Sur, en especial de los descendientes colonizados de los antiguos huanca del Perú septentrional)
Es la Boa o Gran Serpiente representativa del cielo, lo infinito, la fertilidad y la unión entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos. Amaru constituye una de las figuras relevantes de la cultura indígena sudamericana, e inspira no sólo respeto, sino también terror. En algunas definiciones aparece como reptil de descomunales proporciones; en otras, con dos cabezas y dos colas. Se le vincula al río y, en general, a todos los depósitos de agua; también a las cavernas, el subsuelo y las zonas más impenetrables de la selva.

La máxima representante de Amaru es Anaconda, una enorme pitón de piel veteada en verde y negro.

La Madre de Agua:
(Tradición americana y universal)
Se la describe en infinidad de formas, según el país o la región, fundiéndola y confundiéndola con otras entidades. En su Mitología cubana (La Habana, 1986), Samuel Feijóo recoge una notable variedad de tradiciones donde aparece con diferentes aspectos y características... En Brasil es una mujer de larga cabellera, gran belleza y poderes extraordinarios, muy fiel a los suyos, que no admite que se hable mal de “la gente de abajo del agua”, y se la denomina Mae d’agua. En Colombia es una niña bonita con ojos grises de mirada hipnótica. Entre los quichua de la Amazonía se llama Yacu Mama, y es la mismísima madre de los ríos. En el Noroeste argentino aparece en las leyendas con el nombre de Mayuc Mama.

En Cuba es un majá enorme que tiene poderes mágicos. Si bien participa de la naturaleza de los seres inmortales, nadie se atrevería a matarla, porque el que las mata lo paga con su vida. Entre los mitos sobre la Madre de Agua compilados por Feijóo podemos encontrarla como remolino de agua, como majá “con pintas y tarritos”, como majá “con pintas negras y grandes escamas”, con “pezuñas que tiene por el vientre”, como sirena (mitad mujer y mitad pez), como “animal grandísimo, parecido al majá”, etcétera.

Algunos informantes aseguran que se trata de una criatura traída desde África y venerada por los santeros o practicantes de la Regla de Ocha, religión sincrética de origen yorubá. Lo cierto es que uno de los orishas más importantes del panteón afrocubano, la gran madre marina-fluvial Yemayá, cuenta con un avatar que parece emparentarla con la Madre de Agua: Yemayá Mayaleo o Mayalewo.

martes, 30 de julio de 2013

Nocturno con Chagall





Caballo azul y amantes de Marc Chagall.



Nocturno con Chagall

(Para Chely)

Estoy en una noche de hace siglos.
Llueve.  No es nada torrencial.  Sólo
el ruido enervante de los cerrojos al romperse,
el de los viejos candados al caer.
Las estrellas siguen siendo las mismas
aunque ya no se vean tan turbias como antes.
El futuro es más hondo, más rabioso incendiario.

En espejos que sé, detrás de esta dolencia primitiva,
han colgado figuras de uso: figuritas no-sidas,
cuerpos amantes      cuerpos que odiaron su viudez,
imágenes ceñidas a la espesa materia.
Esta noche hay dos zanjas, dos rumbos a escoger
y una sola ventana tendida bajo el sol.  Detrás,
la incandescencia de una lámpara muda como todas las lámparas;
los muebles, inservibles como todos los muebles.

Puedo saber de ti porque me acerco,
            casi secretamente
flotando entre esas plantas de flores amarillas
o temblando en el núcleo de una esfera de vidrio.
Alguien ajeno a todo despedaza la corteza del agua,
y el espacio concluye en sus tres dimensiones
y el tiempo es sólo el tiempo, eso sólo, eso sólo...
Pero el amor, ¿no es algo que escapa a las raíces?
Tubos de seda oculta, vasos desorientados
sin forma permisible.  Deserción sustancial de la sustancia.

No hay paredes ni techos en esta noche antigua del diluvio.
Sin embargo, toco entre dos estrellas polares tu calor.
¿O acaso es él quien toca?  ¿O acaso es él quien toca
como un barco fantasma?  ¿Es él quien se avecina
desde terreno íntimo donde nada por fin desaparece?

Aquí tienes la llave.  Ahí la dejo.  Mientras,
avisaré a los pájaros nocturnos enemigos
y esperaré, tranquilamente esperaré
tu llegada a mi cuerpo torreón emancipado.

No golpearás la sombra.  No llames ni aparentes llegar antes del día;
porque estaré dispuesto, si has seguido mis huellas,
y sabré desde siempre que si no te abro pronto
bien pudiera la lluvia calarte hasta los huesos.

Déjame que te encubra, entonces, tras el muro de luz.
Toda piedra lanzada será como aerolito en el espacio ilímite.
            ¿Ves como nada puede separarnos?
Pero, si aún tienes dudas, pronuncia estas palabras en voz alta
y sentirás que el miedo se te evade del tronco,
que tus labios se agitan de pronto entre racimos,
y volverás a verme hecho una imagen ciega
flotando entre esas plantas de flores amarillas.
Mi cabeza apoyada en tu hombro, mi vientre apretado
contra el espacio inmenso de tu vientre
como montón de espigas cercado de violetas.

Estamos hace siglos en esta noche:
                        y es la noche del mundo,
la noche de los sueños eternos y las risas eternas,
la noche claroscuro sofisma universal, la noche noche
por donde va la lluvia bañando los tejidos viscerales.
Solamente tú y yo en la cristalina oscuridad, como mojados,
viendo que se derrumban los planetas,
que las estrellas fijas dejaron hace tiempo su fanático brillo;
que la secuela azul de los satélites y los gases se funden
vencidos por la piedra filosofal del alba.

No hay por qué tener miedo.  No creas
en los múltiples rostros de la muerte.
La noche es siempre una, una sola, una misma.
Llueve...  Pero no importa.  No es nada torrencial.

                  Alberto Serret

                                                Isla de Pinos, Noviembre de 1979



Pared por medio, cuento yoruba




                    Ilustración de Mendive



Pared por medio
Cuento yoruba
Adaptación de Alberto Serret

Extraído de Cuatrogatos, Revista de Literatura Infantil


1
En las lindes del bosque vivía un hechicero de renombre. Toda la región hablaba de su poder para convertirse en cualquier cosa: piedra, árbol, iguana, cocodrilo, nube gris que flota a ras de tierra como si fuera un animal de pastoreo.

Se decía que este hechicero era favorito de los orishas o dioses, y que no podía pasarle nada malo porque conocía los secretos de los dioses. También se comentaba que los dioses iban a su casucha en los matorrales para pedirle consejos.

Se decían, ¡uhhh!, una gran cantidad de verdades y de mentiras acerca de aquel hechicero cuya edad nadie podía precisar; alguna gente aseguraba que no tenía ni veinte años de nacido, y otras, que ya debía de andar por los cuatro siglos de vivir sobre la tierra y ver crecer las espigas y los frutos.

Cierta vez, el rey de la comarca le mandó un mensaje avisándole de que deseaba verlo, así como el día y la hora en que debía presentarse ante él. Pero el hechicero se apareció siete días después de la fecha fijada para la cita. Eso predispuso al soberano, que ya de por sí no tenía muy buen carácter.

–Hace siete días que estoy esperando por ti, hechicero. 
¿Tienes alguna excusa?

–Ninguna. El viento no necesita excusarse cuando se cuela por entre las tablas y los ramajes.

–Entonces –dijo el rey, aun más molesto que antes–, ¿piensas pedirme que te perdone? Si es así, hazlo pronto, porque tengo asuntos muy importantes que hablar contigo y mi paciencia es poca.

–Las aguas del río fluyen y no piden perdón por ello. El hombre que no se equivoca no tiene de qué temer; la ciencia de una acción puede más que el conjuro de mil cazadores, y aún más que la soberbia de un simple rey.

El soberano se estremeció visiblemente. Una de sus anchas y fuertes manos se cerró sobre la lanza.

–Ah –dijo, con un notorio esfuerzo por contener su ira–, veo que eres tan atrevido como sabio en hechicerías. ¿No crees que podría costarte muy cara tu insolencia?

El favorito de los orishas clavó en su rey unas pupilas tan serenas como los lagos de la región. Al cabo de unos instantes habló con su pausa habitual:

–El gran pez marino no se atreve a afrontar al demonio de la selva en las peñas de la orilla. La lluvia no azota nunca a las nueces del orisha en su cáscara, nunca. La tormenta no desaloja nunca a las nueces del orisha en su cáscara, ¡nunca!

–¡Pues no hay más de que hablar! –tronó el rey–. ¡Regresa a tu casa, que pronto tendrás noticias mías!

El hechicero se mantuvo un rato allí, de pie, con la vista perdida en un punto lejano, antes de dar media vuelta y marcharse lento por el sendero. Así, por detrás, apoyándose en una horqueta retoñada que de poco debía servirle –pues ni renqueaba ni se encorvaba por el peso de la edad–, parecía un hombre humilde y sin protección, pero jamás asustado.

El rey lo miró alejarse. A pesar de su carácter colérico, acostumbraba meditar antes de echarle mano a cualquier determinación. En este caso, buscó largamente un castigo que desafiara las artes que la voz popular aseguraba que poseía aquel insolente.


2
Al cabo de una semana el rey envió a siete de sus más aguerridos hombres a capturar al hechicero.

Presintiéndolo, el favorito de los orishas se convirtió en camaleón y se escondió bajo una estera, tomando el color de la misma. Así, los emisarios del rey lo buscaron por todas partes y no pudieron localizarlo. Al final, tuvieron que regresar al pueblo, desalentados y con las manos vacías.

Entonces el rey envió a catorce de sus jefes de ejércitos, los cuales habían probado sobradamente su coraje y su sagacidad en los tantos combates. Pero el hechicero se convirtió en soplo y escapó hacia las hortalizas; allí se puso a girar y girar sobre flores y frutos, simulando ser sólo brisa, hasta que los emisarios del rey se dieron por vencidos luego de haber rastreado la zona sin hallar ni el menor indicio de su presencia.

Tras una semana de romperse la cabeza pensando en cómo atrapar al hechicero, al rey no se le ocurrió nada mejor que mandar a todo un batallón de más de doscientos hombres para que hurgaran la selva. Puesto que al pueblo seguían llegando comentarios sobre los poderes mágicos del hechicero, aquel debía continuar allí, oculto en algún sitio –así razonaba el rey–, y si toda el agua de un charco no cabe en el cuenco de una mano, algo de ella puede ser apresada, aunque sólo sea su humedad. De modo que el gobernante dio órdenes de que, si no podía traérsele al hechicero completo, por lo menos le trajeran un pedazo de él.

3
Caía la tarde cuando una manada de pies enfiló hacia lo oscuro del monte, no lejos de la casucha donde oficiaba la supuesta presa.

El crujido de las hojas al ser pisoteadas se levantó con el viento y fue revoloteando hasta el fuego sobre el cual el hechicero preparaba su caldo mágico.

No hubo apuros por parte de ninguno de los dos bandos: el ejército del rey se acercaba lento pero aplastante, mientras que el hechicero se limitó a flotar durante unos minutos. 

Luego, su cuerpo tomó la apariencia de una piedra; luego, el de una rama; luego, el de un puñado de limo; luego, el de un pez. Finalmente, un pequeño cocodrilo se deslizó rumbo a la ribera, se hundió en el río, y las aguas se cerraron sobre él.

Mientras el batallón revisaba tierra y cielo, quemándolo todo y arrasando con la selva, los colores del ocaso atravesaron las aguas del río y pusieron un tinte de púrpura en el lomo de aquel cocodrilo tan inocente y apacible.


4
¡Decididamente, no había forma de capturar a aquel hechicero!

Pero el rey era muy obstinado. Dejó que otras siete lunas cruzaran por entre las nubes y, envuelto en una piel de tigre, se encaminó él en persona a buscarlo.

Esta vez el hechicero no se metamorfoseó ni se alejó de su choza. Y cuando el rey estuvo frente a él, le dijo tranquilamente:

–Cada cual en el lugar que le corresponde. Tú acechas a tu presa y mandas a los hombres a una muerte segura cada vez que los induces a la guerra; yo en cambio me paseo tranquilamente por la selva admirando la belleza de sus plantas y de sus animales, realizo curaciones y aconsejo a los que acuden a mí en busca de orientación. El mal y el bien deben respetarse el uno al otro. Todo en el universo se encuentra dividido por una pared; cuando esa pared se cae, el mal y el bien se ven las caras, y entonces suceden cosas terribles. Si el tigre se atreve a medirse en la sabana con el poderoso búfalo, posiblemente eso sea el final para él. Si es que aprecias tu suerte, nunca provoques al bien, porque entonces entre el bien y el mal ya no habrá pared por medio.

Tras pronunciar las anteriores palabras, el hechicero se convirtió en un rayo, dio un salto que lo condujo desde donde se hallaba hasta la cúspide de una palma, y desde la cúspide de la palma se lanzó sobre la cabeza del rey, que al instante cayó a tierra, fulminado.



oOo

Cuento inspirado en "Sortilegio para protegerse de un enemigo", poema o canto de los yorubá, antiguo pueblo del África Occidental considerado como uno de los núcleos tribales más importantes del continente africano.

Tomado del libro El árbol que cantaba (La Habana: Ediciones Abril, 1991).

Alberto Serret, poeta y narrador cubano nacido en Santiago de Cuba, en 1947. Entre sus libros para niños se encuentran Jaula abierta (Premio La Edad de Oro 1979), Escrito para Osmani (Premio Nacional de la Crítica 1987) y Un cuento de puro amor. Autor, además, de las obras para adultos Figuras cantadas y soñadasCordeles de humoEn plena desnudez y Estrago que hacen las malditas flores. En 1992 se radicó en Quito, Ecuador, ciudad donde falleció en el año 2001.