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lunes, 29 de julio de 2013

Cine cubano de los noventa



Cine Cubano: Solteronas en el atardecer


En 1990, un joven realizador cubano, Guillermo Torres, llevó a la pantalla grande un cuento inédito de Alberto Serret, Solteronas en el atardecer, que protagonizaron tres reconocidas actrices del teatro, el cine y la televisión cubanos: Verónica Lynn, Isabel Moreno y Ana Viña. Para cuando se estrenó, ya Alberto Serret se hallaba fuera de la isla, y nunca tuvo la oportunidad de verlo...


Ficha técnica:

Solteronas en el atardecer (cortometraje de ficción, 35 mm), Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos, La Habana, 1990.

Dirección: Guillermo Torres

Guión: Chely Lima, Alberto Serret, Guillermo Torres

Producción: Olga María Fernández, Orlando de la Huerta

Fotografía: Raúl Pérez Ureta

Edición: Félix de la Nuez

Sonido: Leonardo Sorrell, Emilio Ramos

Intérpretes: Verónica Lynn, Isabel Moreno, Ana Viña, Beatriz Torres, Nachian Peñaranda, Maité Valdés.

Alberto Serret a finales de los años ochenta.


Solteronas en el atardecer
Alberto Serret
(fragmento)
(Del libro de cuentos La virgen marciana)

El cao de la majagua graznaba al verlas pasar día tras día cuando las tres mujeres regresaban de recoger flores amarillas, que luego se prendían, como cosidas, al pelo de rizos y trenzas superpuestas.

Venían siempre dándose empujoncitos unas a otras con los codos y canturreando aquella estrofa invariable:


Las margaritas del río
me inundan el corazón,
el corazón que yo guardo
entre algodón y almidón...


Iban a mediodía por el camino estrecho de ardientes terrones colorados y yerba seca, chachareando sin mirarse a los ojos, y volvían en fila india, con las manos y el escote cuajados de retoños de prendejera, arena y unas extrañas floraciones que les subían hasta el peinado, siempre a la misma hora monótona en que los culebreos del viento y la claridad intensa adormecen los sentidos.

El cundiamor y los gajos del ciruelo silvestre las rozaban, cariciosos, remedando el susurro de las faldas de las tres hermanas.

A veces, cuando pasaban cerca del algún bohío, las gentes del lugar salían a verlas y se decían entre sí:

-Las tres viejas solteronas van al río a recoger flores.

Ahora bajaban por un declive arcilloso donde sus zapatones de tacón pétreo solía resbalar. Apaisados los rostros. Duros los pechos como copas sin pie presas bajo la multitud de encajes del corpiño. El paso, grave.

El cao de la majagua rebulló antes de saltar a una rama más alta.

La hermana que venía delante se detuvo para volverse bruscamente hacia las otras dos:

-¿No oyeron?

-¿Qué? -dijo la del medio.

-Un niño. Sí, ¡es un niño!

-¿De qué estás hablando?

-¡Un niño! ¡El llanto de un bebé!

-¿El llanto de un bebé?

-¿No lo oyen? ¡Sí, es el llanto de un bebé!

La segunda y la tercera se quedaron por unos instantes tratando de escuchar.

-Es el viento, tonta, el viento al colarse entre las cañas.

-O algún pájaro que canta a lo lejos.

El cao rompió a graznar, y las tres mujeres experimentaron a la vez un escalofrío. La primera, que parecía de más edad que sus hermanas, continuó atenta por unos minutos, y luego echó a andar, con un suspiro. Las otras dos la siguieron, como aleladas.

Pero no habían avanzado ni unos pocos metros cuando el grito de una criatura las hizo detenerse nuevamente. Los demás sonidos de la naturaleza quedaron en suspenso, y las flores, que habían ido tomando color de miel, cayeron de las manos que las sujetaban, desparramándose por el trillo.

Sin siquiera un intercambio de miradas, las mujeres se lanzaron en una carrera desenfrenada a través de la maleza. Sus brazos apartaban torpemente los gajos de erizadas espinas que iban fustigando sus flancos, sus delgados tobillos, sus pechos saltones... Cada músculo de sus cuerpos resecos se hinchaba de una súbita energía, y un tinte más vivo despuntó en las mejillas sudorosas.

A medida que iban acercándose al lugar de donde provenía el llanto, se hacía notorio aquel anómalo acento que lo diferenciaba del que hubiera podido emitir una garganta humana. Era como si en las cuerdas vocales de la criatura dueña de aquel llanto retozaran diminutas palomas de metal.

De bruces bajo la copa de una ceiba corpulenta, tendido bocarriba y sucio de fango y estiércol de vaca, se hallaba el ser que producía el llanto.

Las solteronas se apretujaron en un haz jadeante.

Aquello que estaban viendo, ¿era realmente un bebé?, ¿o un güije, o alguna cosa por el estilo?

Si se atendía a su semejanza con un cachorro humano, la extraña criatura debía tener unos tres o cuatro meses de nacido, no más. Y obviamente, se hallaba muy asustada. Su piel era grisácea. Las extremidades superiores remataban en una serie de deditos semejantes a los de los batracios, y su enorme cabeza lisa, esférica y algo fetal, resplandecía a la luz declinante del atardecer. Lo más impresionante de todo eran sus ojos, rasgados y muy negros bajo el grueso párpado argénteo...

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