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martes, 30 de julio de 2013

Pared por medio, cuento yoruba




                    Ilustración de Mendive



Pared por medio
Cuento yoruba
Adaptación de Alberto Serret

Extraído de Cuatrogatos, Revista de Literatura Infantil


1
En las lindes del bosque vivía un hechicero de renombre. Toda la región hablaba de su poder para convertirse en cualquier cosa: piedra, árbol, iguana, cocodrilo, nube gris que flota a ras de tierra como si fuera un animal de pastoreo.

Se decía que este hechicero era favorito de los orishas o dioses, y que no podía pasarle nada malo porque conocía los secretos de los dioses. También se comentaba que los dioses iban a su casucha en los matorrales para pedirle consejos.

Se decían, ¡uhhh!, una gran cantidad de verdades y de mentiras acerca de aquel hechicero cuya edad nadie podía precisar; alguna gente aseguraba que no tenía ni veinte años de nacido, y otras, que ya debía de andar por los cuatro siglos de vivir sobre la tierra y ver crecer las espigas y los frutos.

Cierta vez, el rey de la comarca le mandó un mensaje avisándole de que deseaba verlo, así como el día y la hora en que debía presentarse ante él. Pero el hechicero se apareció siete días después de la fecha fijada para la cita. Eso predispuso al soberano, que ya de por sí no tenía muy buen carácter.

–Hace siete días que estoy esperando por ti, hechicero. 
¿Tienes alguna excusa?

–Ninguna. El viento no necesita excusarse cuando se cuela por entre las tablas y los ramajes.

–Entonces –dijo el rey, aun más molesto que antes–, ¿piensas pedirme que te perdone? Si es así, hazlo pronto, porque tengo asuntos muy importantes que hablar contigo y mi paciencia es poca.

–Las aguas del río fluyen y no piden perdón por ello. El hombre que no se equivoca no tiene de qué temer; la ciencia de una acción puede más que el conjuro de mil cazadores, y aún más que la soberbia de un simple rey.

El soberano se estremeció visiblemente. Una de sus anchas y fuertes manos se cerró sobre la lanza.

–Ah –dijo, con un notorio esfuerzo por contener su ira–, veo que eres tan atrevido como sabio en hechicerías. ¿No crees que podría costarte muy cara tu insolencia?

El favorito de los orishas clavó en su rey unas pupilas tan serenas como los lagos de la región. Al cabo de unos instantes habló con su pausa habitual:

–El gran pez marino no se atreve a afrontar al demonio de la selva en las peñas de la orilla. La lluvia no azota nunca a las nueces del orisha en su cáscara, nunca. La tormenta no desaloja nunca a las nueces del orisha en su cáscara, ¡nunca!

–¡Pues no hay más de que hablar! –tronó el rey–. ¡Regresa a tu casa, que pronto tendrás noticias mías!

El hechicero se mantuvo un rato allí, de pie, con la vista perdida en un punto lejano, antes de dar media vuelta y marcharse lento por el sendero. Así, por detrás, apoyándose en una horqueta retoñada que de poco debía servirle –pues ni renqueaba ni se encorvaba por el peso de la edad–, parecía un hombre humilde y sin protección, pero jamás asustado.

El rey lo miró alejarse. A pesar de su carácter colérico, acostumbraba meditar antes de echarle mano a cualquier determinación. En este caso, buscó largamente un castigo que desafiara las artes que la voz popular aseguraba que poseía aquel insolente.


2
Al cabo de una semana el rey envió a siete de sus más aguerridos hombres a capturar al hechicero.

Presintiéndolo, el favorito de los orishas se convirtió en camaleón y se escondió bajo una estera, tomando el color de la misma. Así, los emisarios del rey lo buscaron por todas partes y no pudieron localizarlo. Al final, tuvieron que regresar al pueblo, desalentados y con las manos vacías.

Entonces el rey envió a catorce de sus jefes de ejércitos, los cuales habían probado sobradamente su coraje y su sagacidad en los tantos combates. Pero el hechicero se convirtió en soplo y escapó hacia las hortalizas; allí se puso a girar y girar sobre flores y frutos, simulando ser sólo brisa, hasta que los emisarios del rey se dieron por vencidos luego de haber rastreado la zona sin hallar ni el menor indicio de su presencia.

Tras una semana de romperse la cabeza pensando en cómo atrapar al hechicero, al rey no se le ocurrió nada mejor que mandar a todo un batallón de más de doscientos hombres para que hurgaran la selva. Puesto que al pueblo seguían llegando comentarios sobre los poderes mágicos del hechicero, aquel debía continuar allí, oculto en algún sitio –así razonaba el rey–, y si toda el agua de un charco no cabe en el cuenco de una mano, algo de ella puede ser apresada, aunque sólo sea su humedad. De modo que el gobernante dio órdenes de que, si no podía traérsele al hechicero completo, por lo menos le trajeran un pedazo de él.

3
Caía la tarde cuando una manada de pies enfiló hacia lo oscuro del monte, no lejos de la casucha donde oficiaba la supuesta presa.

El crujido de las hojas al ser pisoteadas se levantó con el viento y fue revoloteando hasta el fuego sobre el cual el hechicero preparaba su caldo mágico.

No hubo apuros por parte de ninguno de los dos bandos: el ejército del rey se acercaba lento pero aplastante, mientras que el hechicero se limitó a flotar durante unos minutos. 

Luego, su cuerpo tomó la apariencia de una piedra; luego, el de una rama; luego, el de un puñado de limo; luego, el de un pez. Finalmente, un pequeño cocodrilo se deslizó rumbo a la ribera, se hundió en el río, y las aguas se cerraron sobre él.

Mientras el batallón revisaba tierra y cielo, quemándolo todo y arrasando con la selva, los colores del ocaso atravesaron las aguas del río y pusieron un tinte de púrpura en el lomo de aquel cocodrilo tan inocente y apacible.


4
¡Decididamente, no había forma de capturar a aquel hechicero!

Pero el rey era muy obstinado. Dejó que otras siete lunas cruzaran por entre las nubes y, envuelto en una piel de tigre, se encaminó él en persona a buscarlo.

Esta vez el hechicero no se metamorfoseó ni se alejó de su choza. Y cuando el rey estuvo frente a él, le dijo tranquilamente:

–Cada cual en el lugar que le corresponde. Tú acechas a tu presa y mandas a los hombres a una muerte segura cada vez que los induces a la guerra; yo en cambio me paseo tranquilamente por la selva admirando la belleza de sus plantas y de sus animales, realizo curaciones y aconsejo a los que acuden a mí en busca de orientación. El mal y el bien deben respetarse el uno al otro. Todo en el universo se encuentra dividido por una pared; cuando esa pared se cae, el mal y el bien se ven las caras, y entonces suceden cosas terribles. Si el tigre se atreve a medirse en la sabana con el poderoso búfalo, posiblemente eso sea el final para él. Si es que aprecias tu suerte, nunca provoques al bien, porque entonces entre el bien y el mal ya no habrá pared por medio.

Tras pronunciar las anteriores palabras, el hechicero se convirtió en un rayo, dio un salto que lo condujo desde donde se hallaba hasta la cúspide de una palma, y desde la cúspide de la palma se lanzó sobre la cabeza del rey, que al instante cayó a tierra, fulminado.



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Cuento inspirado en "Sortilegio para protegerse de un enemigo", poema o canto de los yorubá, antiguo pueblo del África Occidental considerado como uno de los núcleos tribales más importantes del continente africano.

Tomado del libro El árbol que cantaba (La Habana: Ediciones Abril, 1991).

Alberto Serret, poeta y narrador cubano nacido en Santiago de Cuba, en 1947. Entre sus libros para niños se encuentran Jaula abierta (Premio La Edad de Oro 1979), Escrito para Osmani (Premio Nacional de la Crítica 1987) y Un cuento de puro amor. Autor, además, de las obras para adultos Figuras cantadas y soñadasCordeles de humoEn plena desnudez y Estrago que hacen las malditas flores. En 1992 se radicó en Quito, Ecuador, ciudad donde falleció en el año 2001.

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