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lunes, 29 de julio de 2013

La boca del flautista, poesía



Alberto Serret (en el centro, al fondo) en sus días de estudiante de la Cujae.


La boca del flautista
(De Alabanza del mediodía y la sombra)

Uno


Sopla un concierto mínimo
donde la voz del agua más profunda
se mezcla con el semen culebreante.

La mano que extiende su tibia condición
queda presa en un cepo viviente. Un ala hinchada
junto al costado izquierdo de la noche
bate feroz contra los vientos bárbaros
que buscan en virtuales remolinos
la fuente del placer, el filtro de ternura
como la lengua lúbrica de un ciervo
hundido en el muelle cendal de una corriente.

Y desde el doble labio que sopla y se acomoda
a las piedras del ser
suspiran los inmensos animales prehistóricos
y la pasión sangrante del helecho
se adhiere a la humedad como el hilo de piel al trazo de saliva.

Luego, en largo, espasmódico quejido,
los dientes del amor se precipitan
unos contra otros hacia donde confluyen
agonías en cruz que murmuran adentro.

Luego el vientre, amoral, luego el espacio absorto
ante la súbita entrega de los labios
con que el flautista exprime su dulce humanidad.

Entonces, poco importa la muerte que se agazapa afuera,
ni el clima que se extiende
por un puente de espinas a la sangre. Porque, egoístamente,
la música se ha vuelto una apretada fruta
y acaba enmudeciendo
sobre la boca erecta del flautista
que da a la boca amante su versión del milagro.

oOo

Dos

La boca del flautista da a la flauta
carácter de criatura o de alimento.
Sus labios cobran, sobre el instrumento,
los misterios y el orden de la pauta.

La O se cierra, oprime la boquilla
y el seno de la música. Una cabra
danza en el atrio que la sombra labra
bajo un techo de flores amarillas.

Nadie podría pensar que ese sonido
encantador de ratas y serpientes
más que sonido musical es diente
que se hunde en el pecho del olvido.

La cabra gira. Y el león se ahoga,
grita que no, y se ahoga torpemente,
con todo su poder, enfurecido,
colgado de un extremo de la soga.

Luego, la boca calla su armonía:
ese despliegue de ascuas siderales
que despertó a los dioses tutelares
y puso un templo para la herejía.

Vuelve el silencio. El hombre que tocaba
dice que se acabó (todo se acaba,
todo se trueca en cuerpo fugitivo
que el tiempo roe y que la muerte lava).

En la flauta o la boca hay algo esquivo:
silencio y rictus, falta de palabras
donde antes hubo un león y una cabra
pendientes de la música y su fuego.

El flautista se fue. Terminó el juego.

                  Alberto Serret

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