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lunes, 29 de julio de 2013

La Madre de la Calabaza



Ochún, del Libro El Tarot de los Orishas de Zolrak y Durkon




(Este curioso artículo, en el que Serret hace gala de sus conocimientos en materia de símbolos y mitologías, fue publicado en el resumen cultural del periódico ecuatoriano La Hora, y se refiere a una entidad sudamericana, la Madre de la Calabaza...).


La Madre de la Calabaza
Alberto Serret



Es el espíritu tutelar de la planta, y suele presentarse en la forma de una mujer ligeramente gruesa y de pequeña estatura, con el cabello rojizo recogido en trenzas que se enrollan sobre la nuca; viste de amarillo y verde claro, y tanto de su peinado como de su cintura cuelgan bejucos y retoños de delicado aspecto.

Se trata de una entidad maternal, especialmente protectora con los niños, las embarazadas y las personas de frágil constitución. Es vivaracha, incluso retozona, y gusta de las huertas y los descampados donde los arbustos y las hierbas silvestres crecen a la buena de Dios.

Parece pertenecer a la extensa familia de los elfos, por lo que es probable que favorezca a las personas que entren en contacto con ella, cumpliendo algunos de sus más caros deseos. En tal sentido tengamos en cuenta que sus colores son esencialmente el amarillo, el verde, el anaranjado, los ocres y el dorado, y que el metal oro y el dinero no deben serle, pues, ajenos.

La calabaza o Curcubita pepo por sí misma, ya sea como parte de la vegetación o como fruto, tiene grandes poderes mágicos en los que insisten infinidad de mitos y tradiciones populares. El Diccionario Botánico de Nombres Vulgares Cubanos, de Juan Tomás Roig y Mesa (Cuba, 1928), habla de ella mucho más extensamente que de otros vegetales de cultivo doméstico, haciendo hincapié en el número de variedades (común o Auyama de Haití, cilíndrica, china, “de Culebra”, amarilla, “de Bonete”, “Cáscara de Sapo”, de olor, de Hubbard, enana italiana, etcétera), y a partir de la Pumpkins de Norteamérica, ofrece una descripción tan hermosa que nos parece digna de ser citada:

“Son plantas robustas y grandes, con zarcillos o tirabuzones, largamente rastreras y de follaje denso; los frutos son de cáscara blanda, comestibles, de variadas formas y tamaños; y el pedúnculo es duro y fuerte y 5-angular, por lo común no expandido en el punto de unión con el fruto. La planta es áspera, con cerdas espinosas; las hojas, en su mayoría profundamente lobadas. Semillas color blanco sucio o de cuero, delgadas y aplanadas, con el margen o borde levantado o diferenciado y el ápice estrecho y a veces obtuso...” (DBNVC).

La calabaza, muy apreciada en África y el Caribe tanto por sus propiedades alimenticias y medicinales como por ser uno de los atributos esenciales de Oshún (orisha mayor del río, el amor y los goces sensuales), se encuentra presente en casi todos los rituales de origen afrocubano. Su condición mitológica se acerca a la de la güira, por la posibilidad de convertir la cáscara, ya seca, en un recipiente llamado güiro, imprescindible en la mayoría de las ceremonias mágico-religiosas. Una tradición oral cuenta que Oshún utilizó una calabaza (agbeye) para forjar la primera lámpara del mundo, y se la puso sobre la cabeza con la intención de mantener saludable el vientre de las mujeres en estado de gestación y evitarles complicaciones durante el parto.

Otra deidad afro, Dadá Baldone u Obañeñe (la Gran Abuela), orisha de los recién nacidos, y entre cuyos cuidados se cuentan los conceptos preñez-parto-nacimiento-criatura, se presenta comúnmente en la forma de una calabaza con adornos de caracoles y coronada por una bola de índigo. Shangó (entidad muy parecida al Rayu Runa de los quichua) y su amantísima esposa Obba (Virgen de los Dolores), también se relacionan con este vegetal, ya que Oloffi (Dios Padre) sacó a la familia de sus aprietos económicos mediante una calabaza rellena con monedas de oro: “Y por eso, cuando los hijos de Shangó sufren algún entorpecimiento de fortuna, y todos tienen un tiempo en que están en alto y otro bajo, deben dormir con una calabaza debajo de la almohada” (EM).

Pero hay más a tener en cuenta: la célebre Cenicienta de Perrault presenta la calabaza como vehículo mágico, al ser transformada en carroza de lujo que lleva a la protagonista hacia el príncipe azul (matrimonio y posibilidad de preñez), que a su vez personifica al amor soñado que al fin se realiza.

Esta connotación vehicular se repite a la inversa cuando a un barco pesado y de precarias condiciones se le denomina “calabaza”. Y vuelve a ser elemento de transporte y fusión erótica, aunque desde otro punto de vista, partiendo de la siguiente dualidad: por fuera es casi siempre alargada y muchas veces recuerda la forma del pene y, al mismo tiempo, si se le practica un corte longitudinal, recuerda a la vagina. Sus colores, además, ofrecen una vaga carnalidad, y su olor repite la dulce aspereza de algunas esencias corporales. Algo en la calabaza nos remite a las imágenes del útero y las vesículas cargadas de semillas pugnando por el milagro de la germinación.

El segundo de los Ocho Inmortales chinos, Li T’ieh-Kuai, posee como emblema una calabaza doble, que al igual que el reloj de arena, el tambor doble, la cruz de San Andrés o la letra X, es símbolo por excelencia de la relación entre el mundo inferior y el mundo superior, así como de la doble condición cósmica que entraña la lucha de contrarios. Li T’ieh-Kuai tiene entre sus cualidades la de salirse del cuerpo como si éste fuera sólo una cáscara, para elevarse y visitar los cielos infinitos.

Los poderes mágicos de la Madre de la calabaza, así como los del fruto mismo, se encuentran vinculados a las facultades medicamentosas que se le atribuyen: purificar el organismo, proporcionando larga vida, salud y belleza. Ciertos dichos populares le consignan la función de proteger, engordar y fortalecer las pantorrillas, que suelen tenerse como señal de energía o flaqueza: “Calabaza pa’ las patas” (Cuba), o: “Al que come calabaza, nada malo le pasa...”.

La podemos hallar también en remedios caseros contra los siguientes males: calambres, debilidad, hidropesía, parásitos, presión baja, reumatismo y bursitis; enfermedades renales, salpullido y, como era de esperar, conflictos originados durante el embarazo…

Anexos:
1) Simbología onírica de la calabaza: Protección. Embarazo para una mujer. Curación para el enfermo. También representa a una mujer o a un hombre joven, de bella apariencia y buen carácter, que inspira sentimientos amorosos. Según José E. Guráieb, se refiere a un “hombre instruido en la Ley; una persona de buen origen, sociable y muy respetada” (EMLS).

Calabaza cocinada: Hans Kurth considera que es augurio de enfermedad (HK); sin embargo otros autores, como el antes mencionado Guráieb, interpretan este sueño en una dirección bien distinta: “cobro de cuentas, retorno de un ser querido u obtención de conocimientos”.

Comer calabaza cruda: riñas; miedo a los muertos.

Cortar calabazas en campo de melones: curación de una enfermedad.

Planta de calabaza: según antiguas tradiciones significa pobreza, aflicción, cárcel y vida con estrecheces; pero la sacralidad de dicha planta niega ese carácter nefasto, así que en todo caso tendríamos que contar con un aspecto negativo (el que ofrece la tradición) y un aspecto positivo, que indicaría precisamente lo contrario; todo depende del contenido y la atmósfera general del sueño donde aparece el símbolo.

2) Algunas frases hechas a partir de la calabaza y que se pueden sumar, en circunstancias, al contexto simbólico o místico de la misma:

Perder güiro, calabaza y miel (Cuba): indica una gran pérdida en el plano material, o del afecto de una o varias personas. Obsérvese que los tres componentes de este dicho popular son atributos de Oshún.

Abrirse como una calabaza: entregarse sexualmente sin preámbulos ni reparo alguno (Cuba).

Dar calabazas: abandonar o no corresponderle a alguien en el plano amoroso.

Ser o salir uno calabaza: defraudar, por un comportamiento indebido, a las personas que nos rodean.

Calabaza, calabaza, cada uno pa’ su casa: manera de decir que ha llegado el momento de abandonar el sitio donde nos hallamos; significa más o menos textualmente: “es tarde, todos debemos irnos ya” (Cuba).

3) El Diccionario de los símbolos, de Chevalier y Gheerbrant, París 1969, compara a la calabaza con la sandía, la cidra y la naranja, todas ellas asociadas a la fecundidad, la abundancia material y la capacidad de regeneración, y cita la creencia de los laosianos de haber nacido ellos mismos de una calabaza que pende del “bejuco axial del mundo”. Los mencionados autores hacen notar también el valor que la cultura china le concede a la calabaza y, por lo tanto, a su espíritu elemental: gracias a ella, el “Noé” chino, P’anku (o el géminis representado en la pareja de Niu-ka y Fo-hi), logró rescatarse a sí mismo del Diluvio utilizándola como nave; asimismo, son presencia habitual en la isla de los Inmortales.

3) De El Monte; Lydia Cabrera, Cuba 1954: “Y (Olofi) les dio una calabaza a cada orisha. Obbara (Shangó) recibió la más chica. Los demás se molestaron con aquel regalo. (¿Para eso nos ha reunido Olofi? ¿Tanto se ha querido burlar de nosotros? ¡Vaya una ocurrencia!). Y cuando terminó la fiesta, aunque para no herir a Olofi tuvo que cargar cada uno con su calabaza, las tiraron por el camino. Obbara se fue el último. Vio las calabazas y las recogió todas, llenando con ellas las alforjas hasta no más. Las guardó en su casa, y al día siguiente, mientras estaba guataqueando en el campo, su mujer: ‘¡Okó, etié mi ochiché mo yéun osi elegguedde!’ (Mi marido, voy a cocinar y a comer calabaza). Cogió una, la partió, y del corte que hizo obe -el cuchillo-, salieron monedas y monedas de oro: ‘¡Odé, odé okomi, aféfá pipwó eléggueddé!’

“Obba se asustó y pegó las dos partes de la calabaza lo mejor que pudo. Cuando Obbara volvió del trabajo, le contó lo que le había pasado y le enseño la calabaza...” (EM).

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