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martes, 30 de julio de 2013

Nocturno con Chagall





Caballo azul y amantes de Marc Chagall.



Nocturno con Chagall

(Para Chely)

Estoy en una noche de hace siglos.
Llueve.  No es nada torrencial.  Sólo
el ruido enervante de los cerrojos al romperse,
el de los viejos candados al caer.
Las estrellas siguen siendo las mismas
aunque ya no se vean tan turbias como antes.
El futuro es más hondo, más rabioso incendiario.

En espejos que sé, detrás de esta dolencia primitiva,
han colgado figuras de uso: figuritas no-sidas,
cuerpos amantes      cuerpos que odiaron su viudez,
imágenes ceñidas a la espesa materia.
Esta noche hay dos zanjas, dos rumbos a escoger
y una sola ventana tendida bajo el sol.  Detrás,
la incandescencia de una lámpara muda como todas las lámparas;
los muebles, inservibles como todos los muebles.

Puedo saber de ti porque me acerco,
            casi secretamente
flotando entre esas plantas de flores amarillas
o temblando en el núcleo de una esfera de vidrio.
Alguien ajeno a todo despedaza la corteza del agua,
y el espacio concluye en sus tres dimensiones
y el tiempo es sólo el tiempo, eso sólo, eso sólo...
Pero el amor, ¿no es algo que escapa a las raíces?
Tubos de seda oculta, vasos desorientados
sin forma permisible.  Deserción sustancial de la sustancia.

No hay paredes ni techos en esta noche antigua del diluvio.
Sin embargo, toco entre dos estrellas polares tu calor.
¿O acaso es él quien toca?  ¿O acaso es él quien toca
como un barco fantasma?  ¿Es él quien se avecina
desde terreno íntimo donde nada por fin desaparece?

Aquí tienes la llave.  Ahí la dejo.  Mientras,
avisaré a los pájaros nocturnos enemigos
y esperaré, tranquilamente esperaré
tu llegada a mi cuerpo torreón emancipado.

No golpearás la sombra.  No llames ni aparentes llegar antes del día;
porque estaré dispuesto, si has seguido mis huellas,
y sabré desde siempre que si no te abro pronto
bien pudiera la lluvia calarte hasta los huesos.

Déjame que te encubra, entonces, tras el muro de luz.
Toda piedra lanzada será como aerolito en el espacio ilímite.
            ¿Ves como nada puede separarnos?
Pero, si aún tienes dudas, pronuncia estas palabras en voz alta
y sentirás que el miedo se te evade del tronco,
que tus labios se agitan de pronto entre racimos,
y volverás a verme hecho una imagen ciega
flotando entre esas plantas de flores amarillas.
Mi cabeza apoyada en tu hombro, mi vientre apretado
contra el espacio inmenso de tu vientre
como montón de espigas cercado de violetas.

Estamos hace siglos en esta noche:
                        y es la noche del mundo,
la noche de los sueños eternos y las risas eternas,
la noche claroscuro sofisma universal, la noche noche
por donde va la lluvia bañando los tejidos viscerales.
Solamente tú y yo en la cristalina oscuridad, como mojados,
viendo que se derrumban los planetas,
que las estrellas fijas dejaron hace tiempo su fanático brillo;
que la secuela azul de los satélites y los gases se funden
vencidos por la piedra filosofal del alba.

No hay por qué tener miedo.  No creas
en los múltiples rostros de la muerte.
La noche es siempre una, una sola, una misma.
Llueve...  Pero no importa.  No es nada torrencial.

                  Alberto Serret

                                                Isla de Pinos, Noviembre de 1979



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