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lunes, 29 de julio de 2013

Pergaminos Dorados




Ediciones Aché


Al poco tiempo de instalarse en Quito, en la década de 1990, Chely Lima y Alberto Serret crearon un proyecto editorial propio llamado Ediciones Aché. Libros hechos a mano, en casa, en los que difundieron parte de su poesía y su narrativa (tuve el honor de que incluyeran en la colección un libro mío, con un original diseño realizado por Serret, que en algún momento les mostraré en este blog).

Los títulos de las Ediciones Aché circularon ampliamente en talleres literarios, universidades y otros espacios culturales de la capital ecuatoriana. Sergio Andricaín y yo guardamos varios de esos casi incunables en nuestra biblioteca como auténticos tesoros.

Pergaminos dorados, que tuvo una edición de 100 ejemplares, apareció en agosto de 1992. Contiene poemas de Serret tan significativos como "Yo amé a Sigmund Freud", "Danzar del homocornio" (donde retoma una criatura de su mitología personal que había dado a conocer en su narrativa de los años 1980), "Erótica frutal", "Confesión de asesinato" y el muy avant garde "Cuerpos, cuerpos, cuerpos".

Nuestra copia tiene una dedicatoria de puño y letra, firmada por El león (así, con minúsculas, lo cual es sumamente raro si se tiene en cuenta el proverbial ego de los nacidos bajo el signo de Leo). Si les gusta leer dedicatorias ajenas, pueden hacerlo sin pena.



Para Tonito y Sergitín, estrenando un bolígrafo que me acaban de regalar (no dorado: plateado)...  Por cierto, los pergaminos plateados vienen después.  Besos y abrazos múltiples.  El león.

Confesión de asesinato
(Del poemario Pergaminos dorados)


He matado al vampiro con un clavo de plata
que hundí en su pecho
suave, suavemente, casi con ternura:
por cada golpe el clavo le iba entrando 
y había un ruido de sangre que allá dentro se empoza.

Estaba ahí, desnudo en su ataúd, con los ojos abiertos,
y tuve miedo de él,
tuve miedo del monstruo chupador
cuyos labios purpúreos fulgían en la sombra.
Tuve rabia de mí, que al verme en los espejos
me horrorizo pensando en imágenes lúbricas
que de repente cesan, que se apagan
que muerden su espesor de silencios de ajos.

He matado al vampiro con un clavo de plata
y también al secreto de todos los colmillos
que pasan por la vida con esa extraña sed.
He matado al milagro de las alas nocturnas
poseído, labrado por peces multiformes.

El hedor a carroña me asfixia lentamente.






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