Translate

viernes, 23 de agosto de 2013

Poesía




                                   Pez-loro  (Cultura Mesoamericana)
                                   The Museo de Sitio Caja de Agua in Tlatelolco         





Presencia del agua

Otro año acaba de entrar en escena
acogido por salvas de cañón, fuegos artificiales
y andanadas de plomo que simulan
extrañas grabaciones de música underground.

Mi madre está a mi lado, mayor que de costumbre,
con sus nudos de agua decapitada
rielando en el petróleo de la medianoche.

El agua de borrajas que supuras,
                        Madre,
y las tantas ausencias
sobrenadan en el abrazo mutuo,
o acaso se deslizan hacia el fondo
procurando evadir nuestro contacto.

Te permito que rompas el coco frente a casa
según indica la vieja tradición;
pero a ésa, el agua insípida,
la gran sierva potable y lavandera,
no la arrojes, por Dios, déjala con nosotros;
no la tires, concédele
seguir participando de nuestra intimidad.
Gracias al agua el dolor me ha diluido
a veces (sólo a veces)
por el turbio contorno de tus párpados.
Deja al agua en la bilis, en la albúmina,
aquí, junto a nosotros, como al pan,
                                    como al gato,
                                    como al murmullo suave
de cada objeto mínimo
donde el hombre ha dejado su contacto indecible.

Escucha,
si echas afuera el agua, si la echas afuera
por culpa de una simple tradición herrumbrosa
qué será de la ira del jabón frente a la mugre,
qué del invierno afín, si es que se cuela
con sus inusitados chaparrones;
y de las ubres mansas, y del simún de antaño,
y del mundo cubista que pinté sobre el playwood
para adornar el crudo realismo de tu sala.

Deja el agua en nosotros:
que ruede
y que se empoce,
                        que arda
en el trazo de miel, en la añoranza
de líquidos cimbreantes;
en la orina o el pus,
en sudores o en lágrimas,
en el semen y el kama-salila,
y en la sangre que rueda por dentro, intransferible.

Anda,
            Mamá
(y perdona
que rompa tus esquemas);
ve y descorcha la luz o el vino tinto
y brindemos con todos por el agua.


Alberto Serret

        Santiago de Cuba, 1973



Poesía




                 Ilustración de Ayumi Kasai




Lamento de la cierva herida

Yo iba a verte pasar por esa línea
que rompe en el penacho de las flores
cuajadas. Yo iba a ver desde lo lejos
como alzabas el ojo a la mirilla
para apuntarle a un pájaro sagrado.

Yo iba a verte matar, agazapada,
untada por la esperma de los lirios,
oculta tras el fuego y las espinas
de mi extraña pasión; llena de miedos
de luces fatuas o de luces ciegas.
Y tú hincabas un gesto milenario
contra mi estupidez, y sonreías
al echar otra vida a tu morral.

Ven, cazador, y sígueme las huellas
a través de los montes,
por donde caen las ramas de los ceibos
y el ítamo real prende en las patas
que van rajando un río de hojas secas.

Sigue mi canto mudo por los trillos
que han trazado los vientos y la lluvia.

Otéame en la fronda, resucita
mi garganta, que bebe del arroyo
con el aire infantil de lo que acaba.

Ven, cazador, a mí: cobra tu presa,
clávame ya tu espuela en mi costado.


                                    Alberto Serret

Cuento: Olor a culantro



                     Fréderic Bazille  (Pescador con red)





Olor a culantro 

Alberto Serret



Desabrochó el cinto, sacó la cartuchera con el arma y la dejó caer sobre la cama.  Luego, con movimientos despaciosos, buscó asiento en una silla y empezó a zafar los cordones de las botas. 
            
Eran largos los cordones, además de gruesos, y se veían un poco sobados y polvorientos en las puntas. 
            
Antes de quitarse definitivamente las botas, miró hacia la única ventana de la habitación que dejaba apreciar un tramo de calle y acera, además de un ángulo del portal de la casa vecina, la que quedaba a la izquierda.  Se levantó y fue hasta allá.  A cada paso, los cordones se metían debajo de las suelas, entre las suelas y la esterilla de mimbre.  De ellos parecía subir un vapor que se iba deslizando hacia arriba por entre la tela del uniforme militar y las piernas sudorosas.           

-Soy Gari, mucho gusto -dijo el hombre, en voz baja, al tiempo que se inclinaba como buscando apoyo en el recuadro de luz de anochecer-.  Mi nombre es Gari.  Si quieres, podemos conversar...
            
Hacía apenas unos segundos en la calle no había más que algunos transeúntes, que pasaban rápidos, con apuro, en una dirección o en la opuesta: transeúntes, gentes sin rostro, que iban con apuro, con gran apuro.  Ahora, de pronto, había aparecido el jeep que casi todas las tardes a esa hora, excepto los sábados y domingos, traía al nuevo vecino, probablemente tras la jornada de trabajo.
            
Garibaldo (o sea, Gari) había notado que casi todas las tardes a esa hora, excepto los sábados y domingos, llegaban el uno primero (o sea, Gari, él mismo) y después el otro: el sin nombre (o sea, el nuevo vecino).  Gari llegaba primero y empezaba a quitarse la ropa, lento, lentísimo, como dando chance a escuchar el ruido del jeep, y el chasquido de la portezuela, y el lejano “chau... nos vemos... hasta mañana... bueno... chau... oquey... hasta mañana”.  A medias desvestirse, se arrimaba entonces a la única ventana y veía al individuo agitar la mano y de dos zancadas alcanzar la verja, mientras el jeep, que en ningún momento había apagado el motor, enfilaba calle arriba hasta perderse bajo las yagrumas del parque.
            
Él presenciaba todo eso desde su puesto de vigía, inmerso en la penumbra rojiza de otro anochecer de Marianao, y veía luego como el nuevo vecino atravesaba el jardín e introducía la llave en la cerradura y empujaba suavemente la puerta y se eclipsaba tras la hoja de madera pulida.  Por último, él, o sea Gari, retrocedía, más sudoroso que antes, hasta donde la silla.  Y entonces sí que se extraía las botas, y el uniforme todo, pieza por pieza, y la camiseta y los calzoncillos, ambos apestosos a toda la jodienda del día en aquella Unidad atiborrada de gentes: gentes sin rostro, transeúntes que iban de un lado para otro: oficiales, reclutas, los civiles que laboraban en las oficinas de la Comandancia, en el comedor, en los almacenes, en la guardianía...  Gari se sacaba de encima todo eso, y entraba al baño.  Abría la ducha para dejar que el agua corriera sobre él.  Se enjabonaba casi con violencia, provocando mucha espuma: toda la espuma posible.  Se palpaba el cuerpo tallado por los ejercicios y las prácticas combativas.  Se disfrutaba a sí mismo: duro, denso, pedregoso.  Hasta que, de pronto, era capaz de percibir su propia excitación y se daba cuenta de que hoy también, como desde que cumplió los trece años, tenía ganas de hacerse una paja: una, dos, quién sabe si hasta tres.
            
Con cada eyaculación su ardor se iría apaciguando, y al final el mundo quedaría laxo, inerme, desactivado en su interior.

¯

Los chirridos de la noche fuera.  La noche.  Y el nuevo vecino, que atraviesa la verja del portal y se detiene a corta distancia y se queda mirándolo a los ojos.  Y él, que se adelanta unos pasos y desciende los tres escalones que lo separan del sendero de lajas bordeado por setos de siemprevivas.
            
El nuevo vecino trae un plato de loza blanca entre las manos.  En el centro del plato hay un montón de pepitas doradas, que Gari, en un principio, no atina a reconocer.
            
-Maíz -dice entonces el otro-, granos de maíz, para que pique el pollo…

¯

Salió de la zona donde estaban los puestos de frutas y atravesó un estrecho pasaje del mercado, bajo el toldo de listas amarillas y azules que filtraba el sol brutal de las once de la mañana.  Se persignó discretamente al pasar frente a la urna con una enorme imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, y dobló hacia la derecha en busca de la galería donde se ofertaban las viandas.
            
Cuando iba a acercarse al mostrador sobre el cual se apilaban mallas repletas de papas de diversos tamaños, oyó una voz llamando:
            
-¡Adán! 
            
Por pura curiosidad, volvió el rostro para ver a la muchacha que iba, como a un metro de distancia, rumbo a otro de los mostradores.  Era una mulata de veintipico, delgada, en ropa ligera de domingo.  Como tenía curvas a pesar de su flaquencia, los ojos de Gari fueron tras ella.  La siguieron hasta que la muchacha se encontró con el individuo al que había llamado y se empinó a besarlo en la mejilla.  Entonces fue que Gari desvió las pupilas hacia el tal Adán.  Y quedó como fulminado, porque no era otro que su nuevo vecino.  Su nuevo vecino, enfundado en un short hecho de un viejo jean, una camiseta transparente que delataba el rojo de las tetillas, y unas simples chancletas de goma de las que él mismo no se pondría jamás, por lo femeninas que lucen en pies de varón.  Tenía la melena cobriza recogida en un moñito tras la nuca, y de su oreja izquierda colgaba una argolla, probablemente de oro.
            
La mulatica y el nuevo vecino (ahora Gari sabía que su nombre era Adán) se enfrascaron en una cháchara en voz baja, a corto trecho de donde él se hallaba.  Era obvio que no se veían desde hacía tiempo, porque la conversación giraba en torno al cómo estar y al dónde se trabaja, y al estado del tiempo y a las respectivas familias; nada como para ser archivado en la memoria.
            
Gari avanzó un tanto y se acomodó entre dos de los mostradores, sin apartar la vista de la pareja, que se movía lentamente, alejándose en dirección a la avenida.  Se fijó en las piernas del hombre: eran rectas y fibrosas, no había gota de grasa en ellas.  La piel, bronceada, quizás demasiado lisa, demasiado desprovista de vellos.
            
-¿Qué busca, señor? -dijo alguien a su lado.
            
Sin mirar a la vendedora, Gari extendió una mano hacia el mostrador.  Sus dedos palparon una corteza áspera.  Una corteza áspera.  Formas cilíndricas y alargadas.  El contacto, ligeramente frío...
            
-¿Yuca? -preguntó la mujer-.  Mire, llévese de ésta, que está fresquecita, me la acaban de traer.
            
Dejándola con la palabra en la boca, Gari avanzó tras la pareja a lo largo de varios puestos de frutas, adentrándose en la sección de vegetales.  Ya allí, siempre pendiente del objeto de observación, fingió interesarse en los mazos de hierbas que colgaban de un madero por encima de su cabeza.  Agarró uno al azar y lo atrajo maquinalmente hacia su nariz.
            
El olor del culantro le entró hasta el centro del pecho, como un punzón.
            
-¿Lo lleva? -dijo una voz de hombre-.  Se lo envuelvo.  ¿Señor?
            
-¿Sí? -susurró, sin entender de qué le hablaban.
            
-¿Quiere que se lo envuelva?  El culantro.
            
Entonces Gari recordó su propia verga erguida frente a sí.  La cabeza redonda y roja, como a punto de estallar.  Y el chisguete de leche bañándole la cara.  Y su lengua, la punta de su lengua colgando en el vacío, recogiendo el hilillo blanquecino que gotea desde la punta de su nariz.  Y el olor de la leche: ese olor como el de ciertos paisajes de su infancia, como el del musgo en los intersticios de una poceta de baño, como el de las tardes de lluvia, como el del culantro recién picoteado, sí: como el del culantro...

¯

-Teniente Arístides Garibaldo -oyó que le gritaba uno de los soldados de la posta principal-, ¡teléfono!
            
Antes de acudir a la llamada, se volvió hacia el grupo de aprendices de zapador, que se afanaban en clasificar las piezas de una imitación de mina antipersona, todos sentados sobre la extensión de césped, a la sombra de una ceiba enorme.
            
-Tomaremos quince minutos para ir a merendar.  Pero los quiero aquí a las once y media en punto, ¿oquey?, sin excusa ni pretexto, ¿oquey?
            
-Sí, mi teniente -dijeron doce o quince voces al unísono.
            
En la posta, los dos hombres que atendían el asunto de los pases sentados frente a sendas ventanillas, se levantaron para dirigirle el saludo reglamentario.  Sin siquiera dedicarles una mirada, Gari se detuvo junto al teléfono y alzó el auricular:
            
-Aló.
            
-Soy yo -dijeron desde el otro extremo del hilo.
            
-Quiay, Melisa.
            
-Oye, ¿tú crees que podamos vernos mañana?
            
-¿Mañana? -Gari lo pensó por un instante-.  No sé.  Quizás.  Bueno, sí, pero tendrá que ser después de las once de la noche.  Voy a quedarme aquí en la Unidad hasta las nueve y pico, o quién sabe si más... Es que tengo reunión en la Comandancia.
            
“Tengo reunión en la Comandancia”, oyó que le decía su propia imagen desde el espejo, allá, en la casa de Marianao: “Reunión en la Comandancia”.
            
-No hay problema -murmuró la mujer-.  Nos vemos en tu casa, ¿verdad?
            
-Sí.  Chau.
            
En el momento en que colgaba, sorprendió al vuelo la ojeada que le estaba lanzando uno de los soldados de guardia, el que le había avisado de la llamada.  Era un trigueño algo más que trigueño, casi cobrizo.  De baja estatura.  Pelo rizado.  Labios carnosos, delatores de la mezcla racial.  Gari se fijó en los músculos de sus brazos, que parecían querer reventar las mangas del uniforme, luego apartó la vista rápidamente e hizo un gesto discreto con la diestra.  Antes de salir de la caseta, se volvió de nuevo hacia él:
            
-Soldado Martínez, ¿puede facilitarme las llaves del almacén? -“Mejor que obedezca”, pensó Gari, “mejor que obedezca si no quiere que le suprima el pase de fin de semana”.
            
-Claro, mi teniente -se apuró el aludido, inclinándose a localizar en una gaveta el montón de llaves que colgaba de un aro de metal-.  Si me permite, yo mismo iré a abrir.
            
El otro soldado de guardia dejó de fingir que escribía algo en el libro de control de entradas y salidas, para echar una mirada a la pareja de uniformados que se alejaban por el pasillo.  En su rostro apareció una sonrisa maliciosa.

¯

Cajas de madera.  Cajas amontonadas junto a los altísimos muros de ladrillo sin revestimiento: cajas largas y anchas, cajas angostas y con la tapa levantada, de donde salían borbotones de estopa.  Cajas vacías y volcadas sobre el piso de tablones entrecruzados.  Cajas y más cajas, además de la penumbra.  Penumbra, y un silencio de nave en la que no se entra más que de cuando en cuando, quizás en busca de alguna pieza, de algún aditamento que de pronto hizo falta, de alguna lata de gasolina para rellenar el tanque de uno de los camiones de carga.  Penumbra amontonada.  Y humedad. 
            
Su espalda, la espalda de Garibaldo, apoyada a la pared del fondo, casi en el rincón de la izquierda, tras las hileras de cajas de todos los tamaños.  El brollo horizontal de telas cortándole la piel bajo los omoplatos.  Su mano derecha sosteniendo contra el vientre los pliegues de la chaqueta.  Y el jadeo.  Su propio jadeo y el del otro.
            
“Teniente Arístides Garibaldo”, cree oír que le dice Martínez, el trigueño de la guardianía, que ahora permanece agachado frente a él mientras le desabrocha la portañuela con dedos temblorosos, “¿me autoriza que se la chupe?”.
            
-Oquey -contesta el oficial, condescendiente-: chúpamela bien, como tú sabes.
            
Martínez, entonces, termina de zafar los botones y jala hacia abajo el pantalón y el calzoncillo juntos, para olvidarlos más abajo de las rodillas.  La lengua del trigueño empieza a deslizarse, empapada en saliva, sobre la curvatura de los muslos.
            
-Sólo la pinga, coño -exclama Gari autoritario pero sin alzar la voz-, ¡no te pases!
            
En medio de la densa penumbra, cree percatarse del rictus de decepción en los labios del subordinado, que se apura en agarrarle el miembro semierecto.  Siente cómo se lo trajina hasta parárselo del todo.  Luego, Gari tiene la impresión de hundirse poco a poco en un túnel sin fondo, consigo mismo.  Escucha el gorgoteo de los géiseres allá abajo distribuyendo líquidos.  Escucha el discurrir de los arroyos que fluyen cuesta arriba. 
            
-Sácamela toda, Adán -ordena, al tiempo que aprieta la cabeza ajena contra su pelvis, y disfruta saber que al otro le falta el aire, que está a punto de ahogarse con la punta de su verga dura tiesa dura clavada en el gaznate-: ¡toda, so maricón de mierda, Adán, toda! 

¯

El trillo en mitad del monte.  La tierra apisonada por el paso continuo de las gentes: gentes sin rostro, que van y vienen sin saber de dónde vienen y hacia dónde van.  Y a ambos lados, los matorrales, achicharrados por tanto sol.  De trecho en trecho, las vacas pastan como si con ellas no fuese.  Son unas vacas altas y huesudas, de piel negra, lustrosa, semejante a terciopelo.  En vez del par de cuernos comunes y corrientes, tienen uno solo en mitad de la frente, por debajo de las orejas puntiagudas de diablo-vaca.
            
De repente, montando una de esas extrañas bestias, aparece su padre, el padre de Gari.  Viste una toga con birrete que culmina en plumas de pavorreal.
            
-Cuidado por donde caminas, muchacho.  Ahí delante hay una tembladera.
            
-Sí, mijito -interviene su madre, que baja del cielo con alas de paloma, embutida en su sempiterna bata de casa estampada de amapolas-: Recuerda que naciste en una familia de machos muy machos.  No tienes ningún derecho a avergonzarnos delante de los vecinos.  ¡Qué van a pensar de nosotros, por culpa tuya!
            
-No les hagas caso -interviene Adán, su nuevo vecino, que está de pie junto a una ceiba idéntica a la del patio de la Unidad-, ignóralos y ven conmigo.
            
Adán, su nuevo vecino, se le aproxima despacio, como en ralentí.
            
-Eres sólo un sueño -musita Gari, aterrorizado-, ¡una cabrona pesadilla!
            
-Ven -dice Adán, cada vez desde más cerca-, que tengo una manzana para ti.
            
Entonces Gari ve la palma de la mano del otro, extendida frente a él.  Allí hay un tomate maduro, rojo, de un rojo sangre.  El tomate va ocupando todo el campo visual.  Se hincha.  Estalla.  Estalla igual que una mina bajo sus pies.  Igual que una mina antipersona.  La sangre le salpica el uniforme. 
            
Lo último que Gari ve antes de despertarse, son sus galones de oficial del ejército tintos en sangre, y lo último que escucha es la voz sorda de su padre, que obviamente proviene del Más Allá, y le reprocha:
            
-¡Ahora sí que la cagaste!  La verdad es que yo nunca esperé nada bueno de ti, porque siempre lo hiciste todo mal.  Pero esto ya es demasiado, mijo.  ¡Ahora sí que la cagaste de verdad, de verdad!

¯

Lejos de lo que le había dicho a Melisa que pasaría, salió de la Unidad mucho más temprano que de costumbre.  Fue directo a comprar vituallas para lo de por la noche, y después se bañó, se afeitó cuidadosamente, tomó una cerveza helada y se quedó descalzo y en puro slip deambulando por la casa, a la espera de que se repitiera el ritual de todas las tardes, o sea la llegada del jeep, y Adán saltando a la acera, y el  “chau... nos vemos... hasta mañana... bueno... hasta mañana”, y la entrada al jardín, y la desaparición tras la puerta de madera pulida.
            
Sin embargo, a las cinco y media aún no había sucedido nada de eso.
            
-Hola, soy Gari -dijo, asomándose a la ventana de su cuarto sobre el paisaje de la calle vacía, o no vacía, sino llena de transeúntes: gentes sin rostro que iban y venían sin saber de dónde ni hacia dónde-.  Mi verdadero nombre es Arístides Garibaldo, pero casi todo el mundo me llama Gari.  ¿Quieres conversar un rato conmigo? 
            
“¿Quieres mojar conmigo?”, agregó mentalmente, pero enseguida empezó a cortársele la respiración, así que se dio prisa en modificar la frase: “¿Quieres que nos echemos juntos unos cuantos ronazos por ahí, o en mi casa si lo prefieres?
             
A las siete menos trece le pareció escuchar el chirrido de una pila de agua al abrirse, y el agua cayendo.  Sin duda alguna (ya había oído aquello otras veces) se trataba de la pila del vertedero del patio en la casa de al lado.  De inmediato comprendió que, o Adán no había ido a trabajar ese día, y estuvo allí todo el tiempo, o había entrado por la puerta trasera, o quién sabe qué.
            
Con el corazón al galope, salió del dormitorio y salvó de tres en tres los peldaños de la escalera en forma de caracol que llevaba a la buhardilla.  Desde allá arriba, apostado tras la única y minúscula celosía, entre el reguero de trastos inservibles y latas, baldes, sacos de ropa desechada y botellas vacías, podía observar secretamente el patio ajeno.  Y eso fue lo que hizo: buscar apoyo en una vetusta banqueta y encaramarse a mirar a través de las improntas de cristal. 
            
Según lo que había sospechado, ahí estaba Adán.  Tenía abierta la pila de agua del vertedero, y ahora se inclinaba hacia ella con un jarro en la diestra. 
            
A Gari, quizás por lo alterados que estaban su pulso y su capacidad de visión, le costó un tremendo esfuerzo percatarse de lo que estaba ocurriendo allá abajo: Adán se hallaba en pelotas y con la melena suelta sobre los hombros.  Se enjabonaba con una mano, mientras que con la otra se iba echando agua con el jarro.  Y su cuerpo alargado y fino resplandecía bajo el fulgor rojizo del anochecer. 
            
Gari pudo aquilatar no sólo sus nalgas empinadas, más pálidas que el resto de la piel, sino además el vientre liso y la verga y los cojones que caían bamboleantes hasta casi mitad de muslo.
            
-No, no... -musitó Gari, a punto de apartarse para no seguir mirando-, ¡no!
            
El cuerpo de Adán se desleía en el rumor de líquidos frágiles que iban quebrándose al caer sobre el piso de cemento, y luego retornaba íntegro, rotundo, realista, casi palpable.
            
-¡No me hagas eso, no, coño, no me hagas eso!
            
Al cabo de unos minutos, cuando ya el nuevo vecino estaba quitándose los restos de jabón que le blanqueaban la melena, fue como si percibiese la presencia escondida, porque súbitamente giró en aquella dirección mirando hacia arriba, con inquietud.  Pero Gari sabía que no podían descubrirlo, por la oscuridad de adentro y por el reflejo del atardecer multiplicándose en los cristales de la celosía.  Así que continuó en la misma postura, empapado en sudor y sobándose el bulto bajo el slip.
            
Un intenso y delicioso olor a culantro embargó de pronto sus sentidos.


¯

Melisa estaba debajo de él.  Y él, con el torso arqueado y apoyándose en los puños a ambos lados del cuerpo de la mujer, la veía moverse y retorcerse. Escuchaba sus gemidos; escuchaba el plach plach plach de la verga entrando y saliendo de la gruta quemante, suave, húmeda, quemante, suave...  Y la música de guitarras eléctricas lloviendo sobre los dos.  Y los quejidos.  Y un golpetear como de varios martillos a la vez, por allá, en algún sitio demasiado lejano.  Luego, el desgarro y un barullo de astros rozándose unos a otros en algún sitio también lejano.  Demasiado lejano.  También lejano...  Lejano.

¯

Casi a media noche, Melisa se tiró de la cama y fue a preparar algo de comer para los dos.  Gari, entretanto, se pegó una ducha, y luego encendió el televisor que había en un ángulo de la habitación.  Estaban pasando un programa de ecología, o de curiosidades, o quién sabe qué. 
            
(...) ¿Desde cuándo los bisontes no corrían peligro de extinción?  El narrador hablaba de eso como si fuera un hecho recién advertido.  Además, ¿a quién le importaba que existieran o no existieran criaturas de piel verde en quién sabe dónde?  O si las esculturas precolombinas, o si los cemíes, o si los jeroglíficos tallados en las piedras de algún muro...
             
Melisa entró con dos platos de pizza humeante y puso uno entre las manos de Gari.  Después, y antes de darle la primera mordida a la suya, tomó el control remoto y apagó el televisor.
            
-Esas cosas hacen daño... Lo mejor es no saber.
            
-¿Y si yo quiero saber? -dijo el hombre, con la boca llena.
            
-No me vengas con ese cuento, que tú no quieres saber.  Es más -agregó, en un tono que a Gari le pareció enigmático-: estoy segura de que nunca has querido saber, como pasa con casi toda la gente.  Así no se comprometen con nada.

¯

Después de comerse las pizzas, apagaron la lámpara del velador.  Y Melisa empezó a manosear el torso de Gari bajo la iluminación azulosa que se filtraba por la ventana entreabierta.  Hacía una temperatura agradable.  Del exterior provenía un ruido de motores y el croar de alguna rana perdida entre la hierba del jardín.  Del exterior llegaba también un zumbido irreconocible, y olores.  Olores diversos: a grasa de carro, a madera recién cortada, a culantro..., sí, a culantro fresco.
            
Su madre, la madre de Gari, se inclinó sobre él y torció los labios como siempre que andaba de mal humor.  Tenía rolos hechos, y desde la posición de Gari (que se hallaba tendido boca arriba), parecía llevar un halo de gruesos cables espinosos:
            
-No te dejes engatusar por ninguna mujer, mijo, que la mayoría son unas bandoleras, siempre velando la oportunidad.  Poquitas las hay que sirvan.  Oye lo que te digo: no te dejes coger la baja.  Disfrútalas, que para eso eres hombre, pero hasta ahí, mijo, hasta ahí.  
            
Melisa levantó una de sus piernas para hacerla pasar por encima del vientre de Gari, y  comenzó a arañarlo suavemente por el pecho, el cuello, los hombros...
            
-¿Te gusta?
            
-Sí.
            
-¿Qué quieres que te haga?  Dime. 
            
-No sé -dijo Gari, apartando la mirada-.  Lo que se te ocurra, lo que tengas ganas.
            
-Qué te puedo hacer que no te haya hecho en estos... tres años, ¿no?
            
Gari volvió a clavar los ojos en la figura fantasmagórica que yacía bajo una red de claroscuros.
            
-Podrías hacérselo a otra persona, y no a mí precisamente -dijo él, aventurándose.  La figura femenina se aquietó, sin que los dedos cesaran de hurgar en el brevísimo trecho que mediaba entre ambos sexos-.  ¿Quieres que te cuente algo?: he estado craneándome con la idea de verte... de verte con otro hombre.
            
-Ah, ¿sí? -dijo ella al cabo de unos segundos-, ¡pues yo también!
            
Gari se desconcertó.
            
-¿Tú también, qué?
            
-Me he pensando en la cama contigo y alguien más.  Un tipo... un tipo que esté bueno.  Tú se la metes, y yo los veo templar... -Gari sintió que algo le iba a explotar entre las piernas.  Melisa se esforzaba por clavarse ella misma aquella cosa enhiesta, dura, enhiesta, que pretendía agotarse en cabezazos contra el vientre masculino-.  Pero supuse que no te iba a gustar.  ¡Como eres como eres!
            
-¿Y cómo soy? -se apuró a decir él-, ¿o cómo crees que soy?
            
-Tan... militarote, tan... conservador, tan esquemático.
            
-¿Soy militarote y conservador y esquemático? 
            
-Si me equivoqué, puedo reconocerlo.
            
El dedo, la verga, la serpiente, se deslizaron fuego y caverna adentro.  Y las paredes del fuego y la caverna empezaron a sudar aceite.  Sudaban, ondulaban; crecían y luego se recogían sobre sí mismas.  La serpiente comenzó a silbar, como enloquecida.
            
-Quizás te equivocaste -musitó Gari, sin ceder a la necesidad de moverse él también bajo el empuje de aquello que se lo iba tragando-.  Todo el mundo se equivoca siempre, siempre...
            
-¿Tienes a alguien en mente?
           
-Sí... -susurró Gari-, mi vecino.
            
-¿Cuál?
            
-El nuevo.  Se llama Adán.
            
-Adán -repitió ella tras soltar un quejido.  Los senos de Melisa se bamboleaban en la oscuridad como un par de escurridizos globos fosforescentes; sus pezones rozaban la frente y barbilla de Gari-.  ¿Y cómo es ese Adán?
            
-Más bien flaco, buena jeta, melena pelirroja... -dijo él, y, como llenándose de coraje-: Tiene un culo riquísimo.
            
La mujer detuvo bruscamente su balanceo.  De pronto pareció que iba a caer boqueando sobre el pecho de Gari.  Era obvio que aquella frase la había llevado al colmo de la excitación.
            
-¿Un culo riquísimo? -dijo, casi sin aliento-, ¿y cómo lo sabes?  ¿Ya se lo cogiste?
            
-Por supuesto -mintió, y atrajo aún más hacia su pelvis el cuerpo de Melisa-.  Por supuesto que se lo cogí.  Y de malos modos.  Se lo cogí tres veces seguidas. 
            
-¿Cuándo?, ¿dónde?
            
-Ayer -continuó mintiendo Gari-, en el almacén de la Unidad.
            
En ese momento Melisa tuvo un orgasmo que la hizo gritar.  Y Gari también se vino, casi al mismo tiempo que la mujer.  Se vino adentro de ella como un salvaje, por primera vez, como un salvaje, “sin importarme si la preño o no”, “como un verdadero salvaje, como el grandísimo animal que soy”.
            
Cuando los espasmos cesaron, el fantasma de su madre se inclinó a escupirle la cara:
            
-¿Te lo advertí, o no te lo advertí?  ¡Todas son unas bandoleras corrompidas!  Y ahora, tú...  ¿Qué va a ser de ti en poder de esa vampira, pobre infeliz?

¯

Vio las ruedas del jeep, que se detenían junto al bordillo de la acera.  Y vio al hombre vestido de oficial de alto rango: un general, sin duda alguna.  Aunque era imposible definir los galones bajo tantas charreteras y medallas al mérito, al valor, al honor, al arrojo en la batalla…  Estaba claro que se trataba de un general.
            
Las botas del general saltaron desde el estribo del vehículo y avanzaron en dirección a él, que se hallaba de guardia en la acera disponiendo pases de entrada o salida de tanta gente sin rostro que va y viene sin saber de dónde viene ni hacia dónde va.
            
Vio de cerca al general.  Y la gorra del general.  Escuchó la voz del general, que decía de él en tono despectivo:
            
-¡Ése no es más que una puta: una simple puta!  ¡Cuántas veces no me lo habré singado yo, ahí, en las narices del ejército, al fondo del almacén!  ¡Tantas veces, que ya ni me acuerdo!
            
El general da media vuelta y regresa al interior del jeep.  Y el jeep echa a andar silenciosamente bajo las majaguas sembradas a lo largo de la calle.  Pero la voz del general queda como colgando de un hilo de araña:
            
-¡Ése no es más que una puta: una simple puta!  ¡Cuántas veces no me lo habré singado yo, ahí... en el almacén... en el almacén... en el almacén!
            
“Una puta”, piensa Gari, mientras trata de romper las telas que lo envuelven como en crisálida: “Puta, puta, reputa”.

¯

Volvió a mirar por un instante el rostro de Melisa dormida.  Percibió el pulso de su respiración.  Luego, se incorporó y, con movimientos despaciosos, marcadamente despaciosos, quedó sentado al borde de la cama.  Procurando no hacer ruido, terminó de ponerse en pie.  Sus manos empezaron a orientarse en la oscuridad, en un intento de localizar todas y cada una de las piezas que componían su uniforme.  Pero no lograba hallar ninguna.  No había nada de su uniforme dentro de la habitación.  Alguien se había llevado su uniforme: lo había borrado, lo había suprimido de todos los sitios donde él, Gari, o sea Arístides Garibaldo, Gari, simplemente Gari, pudiese encontrarlo.
            
Estaba desnudo y solo en mitad de la noche, y además desprovisto de su uniforme: lo único capaz de protegerlo realmente.  Alguna cosa maligna había sustraído todas y cada una de las piezas de su uniforme.  Ya no quedaba nada de su precioso uniforme.
            
(...) ¿Y ahora?  ¿Qué podía hacer él, pobrecito infeliz?

¯

Tocó con los puños una, dos, tres veces a la puerta de Adán.  Con suavidad.  Y después, al no obtener respuesta, volvió a golpear la hoja de madera pulida, ahora con cierta vehemencia.
            
A través de los cristales Gari notó que finalmente se encendían las luces de la sala.
            
-¿Quién es? -dijo desde adentro una voz que el militar reconoció enseguida como la de aquella persona que él venía buscando.
            
-Soy Gari, su vecino de al lado.  Mucho gusto.  Y discúlpeme si lo molesto a esta hora, pero es que necesito ayuda.
            
-¿Ayuda? -dijo la voz, ahora mucho más cercana-.  Lo siento, pero... Soy nuevo aquí y todavía no conozco a nadie del barrio.
            
-Sí me conoce, ¡claro que me conoce! -insistió Gari-.  Asómese por esta ventana de la izquierda y yo me asomaré también, para que compruebe que me ha visto antes.  ¡Nos hemos tropezado un montón de veces en el mercado!  Asómese.
            
Las cortinas que cubrían la ventana señalada se apartaron unos centímetros.  El rostro de Adán se encimó por detrás de los cristales.  Gari se inclinó a su vez, de manera que sólo sus facciones pudiesen ser vislumbradas mientras que el resto de su cuerpo permanecía inmerso en la negrura del portal.
            
-Por favor -casi gimió-, ¡le juro que necesito ayuda!
            
Fue tan veraz su tono de angustia, que las cortinas cayeron, y medio minuto después se dejaba escuchar el descorrer de varios cerrojos.
            
-Por lo que más quiera...
            
-Ya voy, ya lo atiendo -dijo Adán, y la puerta se abrió, dejando ver al hombre envuelto en la blancura de una sábana.
            
Gari, entonces, emergió de la oscuridad hacia la luz dorada que inundaba el umbral.
            
-¡Tú me robaste el uniforme! -gritó, al tiempo que descargaba todas las balas de su pistola sobre el cuerpo del otro-: ¡Esto es pa’ que aprendas a respetar a los hombres, so maricón de mierda!