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viernes, 23 de agosto de 2013

Artículo: Los múltiples orígenes (paganos) de la navidad




               Jean Delville  (L'Homme Dieu)





Los múltiples orígenes de la Navidad
 Alberto Serret


Los que nacimos en un Occidente donde prevalecen las creencias y rituales del catolicismo y el cristianismo, estamos acostumbrados a ver al famoso 25 de Diciembre como día del nacimiento de Cristo, y aquí paz y en el cielo gloria, o, dicho en una sola palabra: ¡sanseacabó! 
            
A muy pocos se nos ocurre hurgar en los controvertidos anales de la historia en busca de otras motivaciones, de alguna raíz ajena a las religiones contemporáneas, de sonoridades deicas que adornen una fecha que parece habernos llegado de pronto con una única y absoluta definición.
            
Sin embargo, la Navidad o Natividad (del latín nativitas, que significa nacimiento; o de Noel, la Navidad francesa, que según algunos se asocia a noeud o Noé) no siempre representó al sin duda glorioso nacimiento del Hijo de Dios hebreo, también sirve de ilustración conmemorativa a otras no menos célebres y respetables deidades solares que de algún modo repiten la luz y la naturaleza de Jesús: entre ellas, el antiquísimo Mitra, nacido en pleno solsticio de invierno; y se dice que lo mismo sucede con Agni, cuyo nacimiento presenta extraordinarias analogías con el de Cristo, tal y como se puede ver en los relatos del Rig Veda, libro sagrado de la India, originalmente escrito en sáncrito y que se atribuye a las revelaciones divinas de Brahma.
            
No en balde casi todos los cultos que giran en torno a la mágica figura de Nuestro Señor Jesucristo poseen naturaleza solar: estrictos, rígidos, casi invariables a través de las épocas, se oponen tenazmente a la volubilidad y el cambio que caracterizan a los cultos lunares, o sea, los de la Diosa y otros dioses tan flexibles como Soma (persa), Yarakh (Mesopotamia), Toht (egipcio), Ostar (Escandinavia), etc., que celebran la sexualidad como parte inherente a lo más elevado del espíritu y al esplendor máximo de la naturaleza.  Algo similar ocurre con otros supuestos avatares de Jesús, entre los que ocupan sitial destacado el vigoroso Ea-O-Annes y los otros Akpallu, de quienes derivó la cultura babilónica, el tolteka-azteca Quetzalcoatl, el maya Kukulkán y el andino Botchica.
            
Pero retornemos a los antecedentes de la Navidad que nos ocupa y tratemos de resumirlos, ya que hay bastante tela por donde cortar:
            
Saturno o, como se le epitetizaba en la antigua Roma, el Dios Mortal, había nacido en pleno solsticio de verano, o sea, el 25 de Diciembre, y en su honor se celebraban las famosas Saturnales alrededor de esa fecha. De ahí quizás el aparentemente insólito hecho de que, en el actual Hijo de Dios de los quichua de la Amazonía ecuatoriana, se encuentren resonancias de figuras tan disímiles como Cristo, Eleggua-Echu (el Niño de Atocha, San Antonio de Padua) y el Babalú-Ayé o San Lázaro, variante afrocaribeña de Saturno.
            
Como señala J. C. Cooper en su libro El Simbolismo: lenguaje universal (Wellingborough, 1982), los cultos de Tammuz, Atis, Thor, Dionisio, y Odín, se encuentran tan ceñidamente vinculados al 25 de Diciembre que resulta casi obvio suponer que en esa fecha se celebraba el nacimiento de la entidad mítica a partir de la idea del nacimiento o resurrección de la luz tras las tinieblas invernales. 

“Los tres primeros dioses mencionados”, dice este autor, “tenían como símbolo la nochebuena: un gran leño que se quemaba ritualmente al finalizar el año y que era una representación de la muerte del invierno y el nacimiento de la fuerza e intensidad de los rayos solares...”
            
Asimismo, se le ofrendaba al nacimiento del Gran Señor, y se le mantenía durante todo ese ciclo terminal del año, un “arbolito de navidad” adornado, que se tenía en casa hasta los primeros días del Año Nuevo; una hiedra en el caso de Dionisio y de Osiris, un roble en el caso de las deidades druidas, un pino para Atis..., que posterioremente pasó al cristianismo a través de San Bonifacio “quien, según se cuenta, había impedido el sacrificio de un adolescente durante la ceremonia pagana del roble talando ese árbol sagrado de raíz, y, luego, al ver un pequeño pino que había crecido a la sombra del roble, consideró que era un símbolo de la vida que nunca muere...” (Cooper).
            
En cuanto a las convergencias entre el nacimiento de Jesús Cristo (Ictius, el Pez) y el del hindú Agni (el Dios-Pez), resultan tan asombrosas que nos parece indispensable citar lo que al respecto visualiza nuestro colega Juli Peradejorji en su artículo “Navidad: Renacimiento interior”, publicado en la revista Notas de Luz, Colombia, 1994:

“No dejaremos de señalar la al menos sorprendente coincidencia de la tradición cristiana con el relato védico que nos presenta a Agni, nacido de la virgen (Maya) y del carpintero (Twastri), entre la Vaca mística y el Asno portador del Soma, nacimiento anunciado por una estrella llamada Savanagraha.  Y si Agni aporta a la humanidad el Soma, Jesús nace en Belén, de Beth-Lehem, la Casa del Pan”.

Anexos:

1) De “Fecha favorita de los inmortales”, Alfredo Breilh, periódico La Hora, Dominical, semana del 24 al 30 de diciembre, l995:

“Mientras tiene lugar el llamado Sol de Medianoche sobre el Círculo Polar Antártico, la impresión, para el norte, es que la de que el sol se va.  Pasado el 21, que es el momento extremo, el sol comienza a regresar.  Es interesante, con este motivo, revisar la cantidad de celebraciones de que se tiene conocimiento en la historia que se daban en estas fechas:
            
“En Roma, por ejemplo, la fiesta se llamó Natalis Solis Invictus, o sea: Natalicio del Invencible Sol.  Era día de general regocijo, con iluminaciones y espectáculos.  Se suspendía todo trabajo, se aplazaban las ejecuciones de la pena capital.  Inclusive se llegaban a suprimir las hostilidades en tiempos de guerra, se concedía libertad temporal a los esclavos y se intercambiaba regalos entre amigos y parientes.
            
“En la India este período del año era de vivo regocijo.  Las gentes adornaban sus casas con guirnaldas de flores y se hacía intercambio de regalos entre familiares y amigos.  El origen de este festival se pierde en la nebulosa del tiempo. 
           
“También los chinos, mucho antes de la era cristiana, santificaron el Solsticio de Invierno, y el 24 o 25 de diciembre cerraban las tiendas, los tribunales y toda actividad social.  Los antiguos persas hacían espléndidas fiestas en honor a Mitra, cuyo nacimiento se cumplía el 25 de diciembre.  De parecida manera los antiguos egipcios celebraron durante muchos siglos el nacimiento de varios de sus dioses el 25 de diciembre.  Por ejemplo el de Horo, hijo de Isis, la Reina del Cielo y Virgen Madre del Salvador Horo.
            
“En el período del Solsticio se sacaba del lugar sagrado la imagen de Horo y se la exponía al público como hoy se expone en Roma y todas las iglesias católicas la imagen del Niño Jesús.
            
“Obsérvese, como ejemplo interesante -y de difícil aceptación para la mentalidad racionalista y nada espiritualista de occidente- que el “dogma” del nacimiento del Hijo de Dios de una virgen viene repitiéndose en decenas de grandes personajes de la humanidad; entre otros: Lao-Tse, Buda, Krishna, Horo, Pitágoras y tantos otros.  De todos ellos se ha afirmado que son engendros de la Divinidad y nacidos gracias al Logos o Verbo Divino, de madre virgen.
           
Osiris, también hijo de la santa virgen Neith, nació el 25 de diciembre, y en esta fecha celebraban los griegos el nacimiento de Hércules.  También Baco y Adonis nacieron el 25 de diciembre.  Se dice inclusive que Adonis había nacido en la misma cueva cercana a Belén donde posteriormente nacería Jesús.
           
“Los germanos celebraban el Solsticio de Invierno con un festival llamado Yule, en el que renovaban los contratos, se consultaba el porvenir y se ofrecía jovial hospitalidad.  El Yule de los antiguos germanos equivale al Noel de los franceses, que a su vez es el equivalente de la palabra Nule de los caldeos o hebreos.  Entre los escandinavos la fiesta se llamaba Jul y era en honor de Freyr, el Hijo Divino del supremo dios y de la suprema diosa.  Los festejos incluían toda clase de manifestaciones de júbilo e intercambio de regalos.  En la Gran Bretaña e Irlanda, los druidas celebraban encendiendo grandes fogatas en las cumbres de las colinas.  También en el antiguo México la última semana de diciembre estaba destinada a celebrar el nacimiento de un dios”.

2) De  “El Niño Sol”; María Eugenia Paz y Miño, Cultural del periódico La Hora, Semana del 24 al 30 de diciembre, Quito, Ecuador, 1995:

“En diferentes mitologías el sol fue considerado una divinidad, y sus descendientes eran siempre reyes y príncipes.  Los hijos del sol venían a la tierra para dar luz, vida y belleza a la Humanidad.
           
“Cuentan los abuelos de los indios guacheta de Colombia, que el Sol, el dador de la vida, mostró un día señales de querer tener un hijo con una doncella.  Dichas señales consistían en la aparición, durante el día, de un astro brillante.  La doncella debía permanecer virgen y para lograrlo requería ser revestida de sol.  Por ese tiempo el cacique tenía dos hijas, y muy temprano en la mañana las condujo al cerro para que el primer rayo del sol las envolviera.  La una iba vestida con un manto blanco y la otra con uno azul.  El sol escogió a aquella del manto azul pues ese color le recordaba el espacio donde se había generado la vida, hace miles de años.  Al cabo de varias lunas la muchacha dio a luz una esmeralda que, al ser abrigada en su seno, se convirtió en un niño y todos lo llamaron El Hijo del Sol.
            
“Según datos de los astrónomos, hace unos dos mil años parece haber ocurrido una conjunción de planetas que produjo un fenómeno cósmico que revelaba, durante el día, un astro brillante.  Los magos de entonces (también los había entre los indios guacheta) entendieron esta señal como el anuncio de la llegada a la tierra de un niño especial que brillaría como el sol y por lo mismo iluminaría las mentes y corazones de todos los seres humanos.  Se cree que fue Jesús, nacido en Belén de Judea, aquel Niño Sol.
            
Los datos precisos acerca de este asombroso acontecimiento no terminan de esclarecerse y la historia continuó por rumbos diferentes.  En el año 345, San Cirilo, Obispo de Jerusalem, pidió al Papa Julio Primero que fijara la memoria de tan trascendental hecho.  Se reunieron pues los teólogos y llegaron a la conclusión de que Jesús había nacido el 25 de Diciembre.  Lo ubicaron en esta fecha debido, entre otras causas, a que en el Solsticio de Invierno en las tierras nórdicas, cuando el sol se aleja más de la línea equinoccional, se produce la sensación de medianoche en el mismo momento en que el sol vuelve a aparecer.  Jesús representaría entonces la luz que se enciende en la tierra cuando el sol desaparece.  En lo posterior, la celebración se efectuaría sobre todo con rituales religiosos, misas y recogimiento...
            
“Al transcurrir de los siglos un hombre llamado Francisco escribió: Loado, mi señor, seas por todas las criaturas, y sobre todas ellas por mi hermano el Sol.  Con su lumbre y su luz nos das el día.  ¡Cuán bello es y esplendoroso!  El lleva tu representación, ¡Oh Dios Altísimo!.
            
San Francisco, estimando que el sol llevaba la representación de Dios, lo comprendió además como símbolo de Jesús y lo llamó hermano y lo siguió en todo.  A tal punto llegó San Francisco, que ha sido considerado como la personificación misma de Cristo en cada aspecto de su vida; incluso las huellas de la pasión del Redentor o Niño Sol era visibles en sus manos, pies y en su costado...”



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