Translate

miércoles, 7 de agosto de 2013

Cuento: Y que no eres perverso




                     Lámina de Tarot: Los Amantes, de SceitAilm
                     (Inspirada en J.R.R. Tolkien y MarinArk)





Y que no eres perverso
 Alberto Serret



Me gustan tremendamente las mujeres.  Me gustan las mujeres desde mucho antes de mis trece años, cuando la señorita Lulah, aquella rubia pechugona, esperó a que los demás alumnos salieran del aula de Artes Manuales para entreabrir las piernas y pedirme que le tocara ahí, ahí, en ese punto preciso donde ella a veces -mira, mira como se moja- se empapaba...

Disminuyo la velocidad y me salgo de la carretera.  Meto el carro por entre los matorrales.  Apago el motor.  Bajo, y me adentro en la espesura de marabú, enfilando hacia un trillo que ya he pisado antes. 
            Me siento mal, tan mal, que no podría disfrutar del paisaje como otras veces.  Sólo avanzo cabizbajo hacia las rocas que nacen del cayo de mangles y se prolongan como un saliente descomunal sobre el oleaje; el oleaje manso, cadencioso. 
            No sé si alguien más conoce este lugar.

Me gustan tremendamente las mujeres.  Y me gustan tremendamente los hombres.  Me gustan los hombres desde el tiempo en que comenzaba a salirme la pelusa del bigote y a mi primo Fernandito se le murió su tía de crianza, que era lo único que tenía aparte de nosotros, y vino de Camagüey a dormir en mi cama y a bañarse en cueros bajo el aguacero y a lucirse con el aquello de que, siendo él dos años menor que yo, mandaba ya esa clase de pinga, gorda como yuca, que cabeceaba descolgada, siempre sarazona y cayendo hasta casi mitad de muslo...

No sé si alguien más conoce este lugar.  Yo lo descubrí por casualidad, hace años, una vez que regresaba de un evento literario en Matanzas y algo empezó a fallar en el maldito carburador.  Mi contrariedad fue grande.  No quedaba más remedio que mandarse carretera arriba, a pie, en busca de un mecánico.  Pero, antes de hacerlo, había que descargar la vejiga. 
            Cuando estaba orinando, vi una jutía conga que salió de entre la hojarasca, a pocos metros de distancia.  Una jutía conga, sí; parecía un ratón gigantesco, de pelaje marrón oscuro.  El animalito salió de entre la hojarasca y echó a andar lentamente por uno de los trillos abiertos en la maleza.  Y yo, no sé por qué, me apresuré a ir tras ella.  Me había llamado la atención.  Sentí que en aquello de la jutía palpitaba algo..., quizás una señal.  Y fue como si la jutía me guiara a propósito hasta aquí.  Me trajo hasta aquí y luego desapareció tras los picachos y los cráteres del arrecife. 
            Yo estaba paralizado ante tanta rareza, porque es que todo en este sitio es raro: los colores, los olores, las formas del ramaje... 
            Desde entonces vengo siempre que me siento mal.  Hago como ahora: dejo el carro escondido en el monte, junto a la carretera, avanzo hasta donde rompe el dienteperro, y me quedo oyendo los graznidos de los pájaros, mirando el agua; el agua, el horizonte, las nubes y los barcos que pasan a lo lejos, que se van esfumando a lo lejos.  A lo lejos.  Las nubes, los barcos.

Me gustan las mujeres y me gustan los hombres.  Es decir, que soy algo así como ambidiestro, o ambivalente: en resumidas cuentas pansexual, o bisexual, que es la palabrita con que hoy día se nos acuña y se nos trata de meter en casilla.  Y ahí es precisamente donde empieza el gran lío, en que no es tan sencillo cuadrar la caja con lo que nadie conoce realmente, y si, para colmo, el casillero fue concebido por un hétero o un homo, ninguno de los cuales entiende lo que uno pasa y siente, ¿para qué seguir chapoteando en la nada?  La única verdad es
que no resulta fácil mantenerse entre dos fuegos.  No es fácil vivir en un terreno de nadie que al mismo tiempo es terreno de todos.  Porque por un lado disfrutas una cosa, y por el otro lado disfrutas la otra.  Por un lado vives como los unos, y por otro lado vives como los otros.  Y lo más lindo del caso es que no te consideras ajeno a ninguno de los dos bandos.  Y no eres perverso, ni estás indefinido como aseguran algunos despistados, que se creen con derecho a definir lo que es o no definido, y lo que el mundo, a estas alturas de las cosas, debe considerar normal y lo que no.  Y tú no albergas ni la menor duda en cuanto a tu definición: te gustan las mujeres (lo sabes perfectamente desde el día en que le tocaste ahí a la señorita Lulah y estaba realmente hecha un charco), y también te gustan los hombres (lo sabes desde que chupaste por primera vez el nabo precoz de tu primo Fernandito). 

-Cuidado -dice una voz a mis espaldas, una voz inexpresiva, incierta.
            Giro en redondo, asustado.  Pero el sobresalto se disipa en cuanto veo que se trata de una muchacha de... ¿veinte años?, quizás más: treinta, no sé.  Está descalza y lleva un túnico holgado de lino, color arena, a través del cual se vislumbran los contornos de una preciosa delgadez.  Su pelo es largo y lacio.  Y su rostro relumbra extrañamente bajo el sol.  Toda ella se me antoja una aparición: una aparición dorada y translúcida al mismo tiempo, porque es como si su cuerpo emitiera luz. 
            -Apártate del borde -dice, con la misma inexpresividad.
            -No te preocupes -murmuro sin moverme todavía-, que no me voy a caer.
            -Podrías caerte, porque estás preocupado y nada en ti anda muy bien que digamos.    
            Mi desconcierto crece: 
            -¿Tú qué sabes?
            Da la espalda y me hace seña de que la siga; apunta con el índice hacia la fronda amarillenta que se extiende tras los roquedales-: Mi casa queda por allá.
            Echa a andar en esa dirección.  Y yo la sigo. 
            Caminando tras ella, me fijo en sus brazos que se bambolean con cada paso, lánguidos, y en sus talones impecables, limpios.  Me fijo en sus pies de animal de monte, que saben evadir cada piedra, cada accidente del terreno; sus pies ligeros, impecables.

Pudiera parecer que me estoy quejando.  Pero no.  Si es que le agradezco a la vida ser como soy.  Me encanta que mi sexualidad sea tachada de anómala y prohibida.  Me gustar andar en peligro, sentirme cazador en la selva. Me gusta eso, así como me gustan las mujeres y los hombres.  Y hasta ahora me iba retebién con mi doble, triple o cuádruple vida; me divertía jugándole cabeza a mi familia, a los amigos, a toda esa antigüecida, angosta, ridícula moralidad ambiente, y haciendo por detrás del telón lo que me diera la realísima gana, singando a diestra y siniestra, mosquita muerta yo, hijueputa que parece no romper ni un plato cuando está echando abajo la vajilla completa... 

Salimos al descampado y atravesamos un ancho trecho de gravilla rojiza. 
            Ahí delante hay un jardín repleto de flores, y detrás, naranjales que dejan vislumbrar una fachada de troncos y aleros de tejas francesas, tan rojizos como la gravilla.
            La muchacha se detiene y gira hacia mí.  No sonríe, pero es como si lo hiciera.  Entonces puedo apreciar de cerca sus ojos, rasgados, gatunos, ¿ambarinos?
            -Me llamo Yeyé Kari.
            -¿Cómo?
            -Puedes llamarme Kari.
            No hago ni el menor intento de tender la diestra.  Sé que no debo hacerlo, no debo tocarla... aún.  No debo tocarla.  Lo sé.  Tampoco le digo mi nombre.  ¿Para qué?, si ella lo conoce, estoy seguro.
            Al atravesar el amplio pasaje entre geranios, sus hojas me rozan, provocándome escalofríos.  Las flores tienen colores intensos; flores raras como la misma Kari.  Flores y, un poco más allá, macetas de barro de las que sobresalen espigas.  Flores y espigas.
            En el portal, dos niños mueven piezas de ajedrez, sentados a ambos lados de un enorme tablero: un par de niños dorados y desnudos.  Son idénticos o casi.  Y si no me equivoco, uno es hembra y el otro varón. 
            -Mis hijos -dice Kari, inclinándose un tanto hacia ellos-: Taewo y Kainde.
            -¿Taewo y Kainde? –repito-: ¿No son esos los nombres de los Ibeyi, los dioses gemelos de la Regla de Ocha?
            Ella asiente en silencio y después, con un suave ademán, me invita al interior de la casa.

No me quejo.  Si hasta soy feliz, si...  Bueno, para qué engañarme: lo fui: Fui feliz hasta que apareció Arnaldo en mi cabrona vida. Arnaldo, con su cuerpo de apaga-y-vamos y su cara de árabe y sus ojos tiernos, los muy desgraciados.  Sí, porque Arnaldo me complicó la existencia; se las arregló para complicármela en menos de lo que canta un gallo.  A las pocas semanas de estarnos viendo, Jimenita empezó con la jodienda de lo de mis “llegadas tarde a casa”, y con el aquello de que si tenía que seguir arreando ella sola con los niños.  Y, luego, lo de siempre en estos casos: que si uno ya no está nunca en su oficina, que si traes en la camiseta un olor ajeno, que si te acicalas más de lo acostumbrado y te la pasas inventando reuniones a deshora... Y después (¡los chismes, los malditos chismes!) vinieron a contarle que yo andaba por ahí con un tipo “todo raro” (juro por lo más sagrado que Arnaldo no tiene una sola pluma, ¡ni una sola!).  Y vuelta con los interrogatorios y los olfateos perrunos y el dazibao a media madrugada cuando llego hecho trizas y lo único que quiero, necesito, pido a todos los santos, es dormir, carajo, que me dejen dormir en paz, ¡por favooorrr!

Cruzamos el umbral, y de repente estoy en una habitación vivamente iluminada.  En el centro, sobre una estera de gruesas fibras, hay un hombre en cuclillas.  Un hombre joven o sin edad, igual que Kari.  Su melena rojiza se le riega encrespada por los hombros.  Viste sólo un taparrabos.
            Me fijo en su perfil, y en sus brazos, y en sus muslos cobrizos, fuertes, bellamente moldeados, y no puedo evitar que se me haga la boca agua.
            Él se incorpora y sonríe al estilo de Kari, sin sonrisa.  Se adelanta a recibirme.  Bajo esa claridad que parece provenir de todas partes, sus ojos chisporrotean.
            -Soy Addima -dice-: ¿Tienes sed?
            La mano de Kari se extiende y surca el espacio hacia mí.  Demora siglos en llegar.  Pero llega.  Me roza el mentón.  Me lo acaricia.  Las puntas de sus dedos ascienden, bordeando la mandíbula, luego vuelven a bajar, palpan el cuello y finalmente se asientan en mi hombro, que cruje bajo su peso como las tablas podridas de un muelle.
            -Debes tomar algo antes -dice mi anfitrión, inclinando su rostro sobre el mío.
            -¿Antes de qué? -pregunto, todo trémulo.
            -Antes de lo que sobrevendrá -susurra Kari, rozando con sus labios el lóbulo de mi oreja.

Arnaldo me complicó la existencia.  Y, encima, se da el lujo de torturarme él también con reproches: que si le aguanto paquetes a Jimena, que si la consiento más de la cuenta; que por qué no me fijo en él, que sabe imponer respeto y su mujer no se atreve a decir ni piñiñío...  Pero para mí que ese matrimonio no anda bien desde hace años.  A mí me parece que a su mujer no le importa él ni un carajete; si se casaron como por costumbre, porque eran novios desde el preuniversitario y ¡cómo iban a desilusionar a sus respectivas familias que ya habían especulado, festejado y jodido tanto a costilla de la futura boda!  Ese no es mi caso: yo sí que le importo a Jimenita, tanto como ella me importa a mí.  Yo la amo de verdad, y no la cambiaría ni por ninguna otra ni por ningún otro.  Yo la sigo queriendo como al principio.  A mí me gusta esa mujer, me siento bien con ella, besándola, acostándome a su lado, sintiéndola ir y venir.  A mí me gusta cantidad mi Jimenita.

Primero el tazón de miel disuelta en agua, que bebo a sorbos lentos mientras un enjambre de abejas zumba en torno a mi cabeza.  Después, las manos: la mano de Addima, que se apoya en mi pecho, y la mano de Kari, que toma la mía y tira de mí para conducirme hasta la entrada de un pasillo en penumbras.
            -Déjate llevar -dice la voz masculina, a mi derecha.
            -Solamente déjate llevar -dice la voz femenina, a mi izquierda.
            Y obedezco, me abandono a mis guías.  Permito que me conduzcan hasta una segunda puerta y un segundo vestíbulo, y me hagan entrar a un espacio tubular limitado por muros de piedra musgosa, de cuyos intersticios brotan helechos con largas hojas de un verde tierno, cuajadas de esporas.
            -Concéntrate en el ritmo de tu respiración.
            -Piensa sólo sienses en el aire que entra a tus pulmones.
            De nuevo obedezco, me esfuerzo por pensar exclusivamente en el aire que entra a mis pulmones; un aire azul, verdeazul, de un verdeazul fragante.  Ese aire que a veces tiene sabor a menta y otras veces a tierra húmeda.

Me gusta su manera de ser.  Me gusta toda Jimena.  A los tantos años de casados, siguen calentándome su cintura y sus piernas, su cuello alto, sus labios como tajadas de mango bizcochuelo; el olor penetrante a vainilla que sale de sus axilas, y su sexo, que aprieta, y que se humedece, y traga con ganas... 

Una habitación sin puertas ni ventanas.  Un estrado cubierto de almohadones.  Lianas que caen desde las vigas del cielo raso.
            No me preocupa dónde estoy ni lo que va a pasarme.  Simplemente acepto todo lo que venga de ellos: de Kari y Addima.  Creo en ellos y acepto.

Amo a Jimena y no voy a dejarla nunca, ¡nunca!  Y no es que Arnaldo pretenda que la deje.  A él lo que le jode es lo que ella jode.  Pero Jimena llegó primero.  Y eso es lo que le recuerdo siempre a él cuando discutimos: “Papacito, no te olvides nunca de que fue ella quien llegó primero”.  Y él, por supuesto, se pone como agua para chocolate, se queda callado y sombrío, mordiéndose la lengua.  Aunque, en cuanto se le pasa la morriña, ¡ahí va de nuevo!: que si por esta vida y que si por la otra: que si nuestra relación no tiene futuro, que si la posibilidad de que Jimena nos sorprenda y arme un tremendo escándalo por el que se entere hasta el pinto de la paloma y, entonces, el Apocalipsis, la Ilíada y la Odisea juntas, el Armagedón, ¡el Acabóse!  Y yo que le digo que no se preocupe: aunque sucediera algo así, nadie se iba a creer nada de nada, ¿por qué se lo iban a creer?, si los bisexuales no existimos, si somos sólo un engendro de la fantasía, si en este mundo lo único que hay son héteros, travestis, transexuales y gays a pulso, que no ponen en peligro la visión en-blanco-y-negro de nadie.  Así que no te preocupes, Arnaldo: aunque nos agarraran con las manos en las mutuas masas, la Humanidad seguiría diciendo que es mentira, ¡imposible!  ¿Por qué?  Te lo acabo de decir: porque los bisexuales no existen.

Kari se adelanta, atrayéndome.  Addima se rezaga un tanto y cubre mis espaldas.  Kari toma asiento al borde del estrado, abre las piernas, y sus manos se deslizan, subiendo por encima del túnico, desde las pantorrillas hasta el nacimiento de sus muslos.  Addima se pega a mí por detrás, empujándome.  Y yo me dejo empujar. 
            Siento como ella y él me van envolviendo en láminas de luz aterciopelada, en hojas de amianto suave, en caldos de hilo de araña, en cortezas de yagruma esponjada por la lluvia.  Siento que me sumergen en ellos mismos, y que a la vez se abren paso a todo lo largo y ancho de mi piel.  Me circunvalan, me penetran, me inundan. 

“Ya deja eso, Arnaldo, no jorobes más con el dichoso tema”, le pido.  Pero desde que le conté lo de la última pelea entre Jimenita y yo, anda como fuera de sí.  Está celoso, creo.  Aunque lo niegue.  Y además está disgustado porque no quise llevarlo a conocer a mi mujer y los niños cuando me lo propuso.  ¡Ni que estuviera yo loco!  Aunque él insista en que sería lo más natural y lo más sano.  ¡No y no!  Preferible evitar.  Preferible mantenerlos alejados uno del otro.  Porque Jimenita no tiene ni medio pelo de boba.  Y con los antecedentes... 

Las manos de Kari desabotonando mi camisa.  Las manos de Addima desanudando cordones, descorriendo cierres. Y las cuatro manos que se abren camino y desgranan las distintas partes de mi cuerpo.  Pruebo la pulpa de un sexo de mujer que cede y se abre; caimito, higo maduro, ciruela en almíbar; pruebo también un trozo de caña, azúcar prieta que derrama azúcar blanca sobre mi lengua y mi vientre; pruebo, muerdo, escancio el contenido de un pezón. Y el murmullo de manantiales que pasan por debajo de nosotros, por debajo del triángulo de fuego, por debajo de los vértices que se emparedan y se baten y se funden unos con otros.  Y la lengua de Kari, y la lengua de Addima, y la lengua de ambos formando una sola saeta que profundiza en mi ombligo, en mi entrepiernas: lenguas zahirientes, lenguas fertilizadoras.

Por esos antecedentes fue por donde rompió la tragedia, o sea el millón de pleitos, las discusiones de cada día, los “yo te voy a seguir los pasos, carajo, yo tengo que ver a dónde vas y con quién, porque yo no entiendo, no entiendo, ¿qué está pasando contigo, Javier? Lo que me molesta es que me digas mentiras, que no confíes en mí; si sabes que yo te quiero y que te aceptaría fueras como fueras”.  Y así: ella exigiendo y tratando de sacar información, y yo sufriendo, sufriendo.  Porque la quiero de verdad, quiero mucho a mi Jimenita y no me resignaría a perderla, ni a ella ni a los niños.  Pero, ¿cómo renunciar a Arnaldo?  Tampoco puedo renunciar a Arnaldo.  No voy a renunciar a Arnaldo.  ¡Ni a nadie!  Si es que me cabe el derecho.  ¡Si es que me cabe todo el derecho! 

Levanto el rostro para enfrentar los ojos de Kari y, seguidamente, los de Addima.
            Estamos a pocos metros del portal, entre setos de geranios con tallos muy crecidos que se bambolean azotados por la suave ventolera.
            -¿Volveremos a vernos? ¿Puedo venir a... visitarlos?  ¿Puedo?
            Ella permanece impasible, como si no escuchara, pero él mueve la cabeza en despaciosa negativa. 
            -Lo sabía -digo-, lo sabía.
            -Ahora vete, que está a punto de caer la noche -murmura Addima, inclinándose a pasar la lengua sobre mi boca: su lengua empapada por esa saliva dulzona cuyo sabor recuerda al del sirope de caña.
            -Sí, la noche -dice Kari, bordeando mis sienes con sus manos.
            Sonríen a un tiempo, con esa sonrisa sin sonrisa, incalificable, mientras el par de jimaguas, Taewo y Kaínde, se apartan del tablero de ajedrez y me miran. 
            Me miran como si no me hubieran visto nunca antes.  Me miran como descubriéndome de pronto.  Después, bostezan ostensiblemente, al unísono, y entran lentamente a la casa.  Los veo entrar a la casa como en ralentí.  Van envueltos en hilachas de neblina.  Neblina, pura neblina dorada.
            Con un suspiro, doy media vuelta y echo a andar.  Echo a andar y no me atrevo a volver la vista atrás.  Voy andando, y aún percibo el olor de la miel con que Kari y Addima me embadurnaron el cuerpo todo, antes de empezar a lamerme palmo a palmo. Voy lleno de miel, por dentro y por fuera.

Y... ¿si le confieso la verdad a Jimena, y si luego consigo que ella se calme y que entienda?  Y si luego permito que Arnaldo vaya a casa.  Y si los presento.  Y si dejo que se conozcan, que se conozcan a fondo, que conversen, que intimen, que...  Va y hasta logro convencerlos de que nos metamos los tres a la cama, a ver qué sale... 
  
Un enjambre de abejas zumba en torno a mí. 
            Las abejas me circundan, zumban en mis oídos, zumban en mi cabeza, en mi pecho.  Murmuran, zumban, dicen cosas importantes en un idioma ininteligible que algún día, algún día entenderé.

¯¯¯





2 comentarios: