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jueves, 15 de agosto de 2013

Las piernas de Milton, cuento




             Cuadro de Nicoletta Tomas - Tutt'Art@





Las piernas de Milton
Alberto Serret

Un par de piernas con medio hombre encima, eso era Milton, eso era aquel pobre desgraciado cuyas miserias comenzaron desde la cuna, cuando su madre Diolinda, quebrantada aún por las pujanzas del parto, echó a un lado los paños que envolvían al bebé y susurró, admirada:
            
-¡Qué buenas piernas va a tener mi hijo querido!
            
Un brillo peculiar en los ojos de enfermeras y doctores aseveraron la sentencia maternal, y, luego, todo el mundo contribuyó a la difusión de lo que, andando el tiempo, se convertiría en la leyenda de las piernas de Milton, aquel frágil, ingenuísimo capullo de varón nacido en los albores de un nuevo siglo.

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De niño, Milton llevaba al cuello, a manera de amuleto contra las malas vistas, la cadena de oro dieciocho con el azabache y el ojito de Santa Lucía que su abuela le trajera del Norte en su primer cumpleaños.  Y Diolinda, por instinto de madre, evitó siempre que su único vástago usara pantalones cortos igual que los demás muchachos de su edad.
           
-Hay que preservar los tesoros naturales para cuando uno sea adulto y de verdad los necesite -comentaba, solemne, mientras Milton hacía pucheros en el rincón que le asignaran para juegos y tareas escolares.
            
Milton no podía entender la razón de muchas cosas, como, por ejemplo, el que su madre y su padre le prohibieran exhibirse en traje de baño como todos; arropadito debía chapotear en la orilla del mar, arropadito se le obligaba a dormir, bajo incontables cobertores; arropadito tenía que ir y venir, cazar lagartijas en el traspatio o conversar con alguno de sus ángeles de los cuatro pilares, uno de los cuales, por cierto, estuvo en cierta ocasión tentándolo para que le mostrara aquellas prendas preciosas que Milton llevaba ocultas por los pantalones del pijama.  De no ser porque Diolinda vivía con los ojos bien abiertos en todo lo que atañera a su hijito querido, seguramente en el Infierno hubiera habido desde entonces un condenado más y en el Cielo un ángel menos.
           
-¡Ni los ángeles!, ¿me oyes?, ¡ni los ángeles deben verte las piernas mientras no hayas llegado a tu mayoría de edad! -le gritó la madre, asustada, luego de conseguir que el ser de luz saliera volando por la ventana-.  Después ya se verá qué hacemos contigo.  Y ojalá que Dios no te deje nunca desamparado.

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El muchacho sufría, sufría sordamente.  Le parecía injusta y engorrosa aquella prohibición familiar de mostrar lo que para él no pasaba de ser un par de vulgares piernas humanas, tan humanas como cualesquiera otras: dos piernas comunes y corrientes que le servían para caminar, correr, patear, etcétera.
            
Pero pudo hacerse cargo del efecto que sus extremidades inferiores provocaban en la gente el día que (con doce años recién cumplidos) sus primas gemelas lograron llevarlo casi a rastras hasta el cuarto de desahogo, en el fondo de la casa de sus abuelos.
            
-Queremos que te bajes los pantalones, Milton.
            
-Bájatelos ahora mismo, queremos saber por qué tus piernas son tan famosas.
            
-O te bajas los pantalones, Milton, o te los bajamos nosotras a la fuerza, ¡así que escoge!
            
El adolescente protestó: que si estaban locas, que Diolinda podía sorprenderlos en el salto, y que si lo dejaban irse él no se lo contaría a nadie, a nadie.
            
Pero ellas no cedieron ni un ápice:
            
-Verás, Milton, si no te bajas los pantalones en este instante, le diremos a tía Diolinda que estabas tratando de tocarnos las tetas.
            
-¡Está bien, está bien! -casi gritó el muchacho, y suspiró cuatro veces seguidas antes de hacer lo que le exigían que hiciese.
            
Se moría de la vergüenza cuando, en aquella penumbra, rodeado por los tantos trastos polvorientos sobre los que la luz se filtraba sofocada, zafó la hebilla que había sido hasta entonces como el más trascendental de sus cerrojos personales.
            
Las flacas y pelirrojas primas se apretaron una contra la otra, y cierto enigmático aullido brotó al unísono de sus gargantas:
            
-¡Ay, Milton, Milton! -gemían, llevándose las manos al pecho-, ¿qué mal te hemos hecho para que nos trates así?  ¡Ay, ay, ay!
            
El aludido se vistió atropelladamente mientras ellas se revolcaban por el suelo, presas de un delirio del que ya nunca nadie las pudo sacar. Una de las primas cayó en cama con una fiebre que duró varias décadas, y la otra se convirtió en una especie de sombra que transitaba por habitaciones y pasillos, enmudecida, como sonámbula.

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Después vino lo del preuniversitario.  Sucedió poco después de la muerte de Diolinda y de la aparición de no se sabe qué padecimiento crónico del padre, quien no hacía más que quejarse de su mala pata:
            
-Oh, Dios, Dios, ¿cómo pudiste mandarme un hijo con unas piernas como esas?  A mí que fui siempre tan ecuánime, a mí que siempre estuve tan claro en todo, ¡en todo!  No quiero ni verlo, porque me matará, me matará...
            
Y el hijo de marras, el desdichado Milton, se pasaba horas y horas frente al espejo, contemplándose en su más franca desnudez, indagando el misterio de aquella imagen que no se cansaba de echarle en cara todo su desamparo: Primero, la cabeza, bien puesta sobre el cuello largo.  Los ojos enormes, de mirada que se pierde en mundos lejanos, cejas gruesas y oscuras, y la boca, de rictus desconcertante, que todos decían que era provocativa. Y la nariz ligeramente aguileña, la barbilla aguda, las orejas grandes y sin peculiaridad alguna. Luego, el torso, demasiado endeble quizás: una caja toráxica que se quedó por los once, con su tumbadito de hombros y su ausencia de músculos en pectorales y vientre...
            
Finalmente (¡ah, desgracia!), aquellas piernas suyas, aquellas piernas saliendo de una pelvis que rompía desde la cintura como el bulbo sorpresivo de una cebolla: ancha, enérgica, viva, y que se expandía hasta las protuberancias vigorosas del ilíaco.  Aquellas piernas suyas, torneadas por un especialista en tornear piernas de dioses; aquellos muslos tremendos y aquellas pantorrillas impecables, perfectas, aquellos pies de belleza demoníaca, como amasados con sustancia de luz pura y fibras mercuriales.
            
Milton pensaba que era, sin duda alguna, un conjunto de formas muy especiales, pero le resultaba inexplicable que suscitaran reacciones como las que suscitaron aquella noche en la representación de una pieza teatral donde él salía luciendo alitas verdes y una trusa absolutamente ridícula.  No hubo risas, no hubo burlas, no hubo histeria ni ataques de índole alguna, sólo una suerte de éxtasis masivo durante el cual los espectadores se fueron acercando al proscenio lentamente, como hipnotizados, y los murmullos de los actores aficionados cesaron, y la voz misma de Milton quedó estrangulada a mitad de su parlamento, en la cúspide de un indescriptible terror.  Todos los espectadores habían abandonado sus butacas para acercársele y poder apreciar en detalle la estructura de su tren ambulatorio, extraviados en las márgenes de una monstruosa admiración.

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Dolores de cabeza, fuertes tensiones, depresión nerviosa; psicofármacos al por mayor, psicoterapia de grupo, psicoterapia individual...
            
-No me explico esa reacción de la gente ante sus piernas, jovencito -dijo el médico, con voz opaca, ante el rostro atormentado de su paciente.
            
Milton se metió de lleno en un recuento macarrónico: que si el padre envejecido a los cuarentitantos, que si la prima Eugenita enviando diez o doce cartas de amor por semana y sin querer casarse con ningún otro hombre, que si tía Eugenia abriendo la puerta del baño y..., ¡dios mío!, “casi se muere de una trombosis”.
            
-¿Usted cree que se puede ser feliz jugando al tenis con pantalones que le llegan a uno hasta el tobillo, evitando la playa y yendo a clases de Educación Física con un vestuario de fraile?  ¿Usted cree que se puede vivir ahogándose uno en sus propias piernas, con miedo a... a todo, y sobre todo a...  a todo?  Usted me entiende…
            
Claro que el siquiatra no entendía, o al menos no parecía entender, y por lo tanto se puso a tratar de encontrarle una salida al problema psicológico de su paciente: el paso inmediato sería convencerlo de que él, Milton, era un hombre como los demás, sin nada que lo diferenciara del resto, ni siquiera sus piernas.  Ni siquiera sus piernas, sí, porque, vayamos a ver: qué de particular podían tener las extremidades de un muchacho como éste, más bien delgado, común y corriente, en definitiva como cualquier otro muchacho de su edad.
            
-Pero, doctor -dijo Milton, consternado-, es que usted no me ha visto las piernas todavía.
            
El facultativo se arrellanó en su poltrona, benévolo, dispuesto a que Milton mostrara a las responsables de su sufrimiento.  Y Milton se las mostró.  Y a partir de ese momento no hubo más psicofármacos, ni psicoterapia de grupo, y mucho menos terapia individual.  Y al infeliz de Milton no le quedó otro remedio que resignarse a los dolores de cabeza, las fuertes tensiones, y la continua depresión.

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-Voy a desafiar mi maldita suerte -se dijo Milton un buen día, y se casó con Lola.
            
Lola era una excelente compañera de estudios que había vivido loquita por él desde que lo conociera en la cafetería de la Universidad, cuando ya el padre de Milton había sido internado en un sanatorio para enfermos mentales y él tuvo que mudarse a casa de tía Eugenia, quien no se cansaba de asaetearlo con frases de odio, acusándolo de ser el causante de la destrucción de la familia.
            
Por aquel entonces Milton contaba exclusivamente con algunas amistades lejanas, asistía a clases nocturnas en una universidad sin importancia, y escribía de vez en cuando algún que otro artículo para la prensa.  A pesar de moverse entre mucha gente, se sentía tan solo que se daba grima a sí mismo.  De manera que lo mejor era casarse con Lola, y que saliera el tiro por donde saliera. Lo más conveniente era casarse con la zanguanga de Lola, y si ella tampoco resistía el impacto de la desnudez de sus piernas, pues...  ¡a la mierda!: la recluiría en una clínica como a su padre, o como al primo Ernestico, o la enterraría como a su madre Diolinda, y él, dueño de aquellas cabronas piernas asesinas, se convertiría entonces en el flamante viudo de una mujer llamada Lola, y aquí paz y en el cielo gloria.
            
Por suerte, Lola resistió:
            
-¡Qué piernas, Milton, ay, qué clase de piernas, amor mío! -murmuraba, acariciándoselas, lamiéndoselas como perrita enamorada, y, luego, lo hacía que se apartara un poquito-: Muévete hacia allá, déjame que te vea caminar con esas piernotas, Milton, ay, papacito, que me vuelves loca...
            
En qué consistió el secreto de la resistencia de Lola ante la maravilla de las piernas de Milton, constituye actualmente uno de los grandes misterios de la historia de la humanidad.  Y la joven se aficionó a ellas hasta el punto que lo hacía andar dentro de la casa sin nada que se las cubriera, y en más de una ocasión Milton fue sorprendido por los visitantes en tal facha: medio en cueros, con sus huevazos de toro colgando, llevando de aquí para allá su célebre par ambulatorio sólo por complacer a una mujer: aquella heroína llamada Lola.

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Si Milton fue feliz o no, eso es algo de lo que no tenemos datos.
            
La verdad es que este último estado de cosas lo condujo a confiarse demasiado en una posible inocuidad de sus piernas, y cierta tarde se atrevió a mostrarse en traje de baño, durante sus vacaciones, en la playa de Varadero, imprudencia que lo condujo directamente a dos metros bajo tierra.
            
Valga contar que, en cuanto Milton salió del vestidor, infinidad de personas de todas las edades lo fueron rodeando, con la boca abierta, al tiempo que lo seguían hasta la orilla.  Cuando ya estaban junto al agua, Milton se quedó quieto, esperanzado en que al público se le pasara aquel conato de bobería que para él no era nada nuevo.  Pero el conato de bobería no pasaba, porque nadie se movía: sólo estaban ahí, desencajados, sudorosos y sin quitarle los ojos de encima.
            
De pronto Milton comenzó a avanzar en marcha atrás, pensando en esconderse entre las olas; se desplazaba lenta, muy lentamente.  Pero todos lo siguieron.  Entonces Milton, ya casi paralizado por el terror, tropezó con un madero flotante, trastabilló y cayó a lo largo en la arena.  Sus piernas se agitaron: parecían dos animales de fuego pulidos por el sol. Y entonces la multitud de admiradores quiso comprobar la firmeza de aquellos músculos, la tersura de aquella piel, la sombra de esos vellos que adornaban tan estratégicamente el par de piernas prodigiosas. 
            
Y las piernas de Milton volvieron a agitarse, por última vez, por encima del bulto de figuras frenéticas que lo sepultaban.

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Al recibir la noticia, Lola creyó enloquecer.  Más tarde, durante el velorio, se aferraba a aquella porción del cuerpo masculino que más había amado, y chillaba desesperada:
            
-¡Ay, Milton, Milton, mi vida! Qué será ahora de estas piernas...  ¡Ay, Milton, Milton, no podré vivir sin ellas! ¡No te las lleves, no seas cruel, no seas cruel!
            
Y así estuvo, hecha un mar de lágrimas, desgañitándose como enloquecida, quejándose y dándose tirones de pelo junto al ataúd de su esposo hasta el momento mismo del entierro.

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Con el tiempo, como era de esperar, vino la resignación.  Sin embargo, Lola ni se volvió a casar ni tuvo relaciones con nadie más.  Falleció a los cuarentitantos, solitaria, en una casa que hizo construir en las cercanías del cementerio adonde habían sido depositados los restos mortales del adorado Milton.
            
Tras sus propias exequias, cuando los pocos familiares que le quedaban fueron a pasar revista a las pertenencias póstumas de Lola, se hizo el descubrimiento espectacular que mantuvo ocupada por varios meses a la crónica roja de todo el mundo: dos piernas masculinas disecadas, objeto cumbre de un pequeño adoratorio, rodeadas de velas y flores plásticas, junto a unas cuantas instantáneas amarillentas que reproducían en todo su pasmoso esplendor el prodigio de lo que fueron en vida las piernas de Milton.


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