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sábado, 28 de septiembre de 2013

Poesía




          Edward Burne-Jones  (Árbol del perdón)





Contactos

¿Sería preciso llamar a las puertas
detrás de las que habitan gentes desconocidas
y aguardar, en silencio, a que pregunten
con qué viento has llegado,
qué vienes a pedir y qué te llevas?

            ¿Sería bueno morir de cualquier cosa:
el estómago, el hígado, el pulmón,
y como buen cadáver morir sólo un poco:
lo imprescindible para justificar
un puñado de arroz entre los dedos,
una concha de plata, un libro de Neruda?

            ¿Tendrías que entender la gran mentira
de esa sombra aplastada contra el muro,
porque de otra manera serás siempre un extraño
que se anuda los guantes, la corbata,
y que viaja sin mí por los hoteles
y que duerme vacío en sus camas vacías?

            ¿Habría que aceptar la angustia del abrazo,
y los ojos, los ojos del otro ante su imagen,
y el reflejo en los ojos bajo un rayo de luz?


                                                Alberto Serret


Serret, Santiago de Cuba 
(posiblemente a finales de los años setenta)



Poesía




        Xul Solar  (Ciudad y abismos)





En la más densa oscuridad habitan peces.

            Son como filamentos de una existencia luminosa
más allá o más acá del mundo perceptible.
            Peces navegando a ras de noche
por sobre las cúpulas y los basureros,
por sobre los ríos contaminados y las arboledas.
            Peces que están ahí desde hace siglos
y se hunden en los ojos como batiscafos animales
y van de un lado a otro, hacia arriba, hacia abajo.

            He sentido muy hondo el roce de esos peces:
un trémulo aletazo, un golpe de cola
instándome a dormir, a dormir y luego despertar.
Dormir y despertar, dormir y despertar,
dormir y despertar y volver a dormir
en ciclo interminable.


Alberto Serret


Poesía




       John Singer Sargent  (Desnudo)






                    Metales con punta

Pesan sobre la siesta de domingo las hondas
tentaciones del vino.
                                     Temblando en los aleros
los gorriones se quiebran en trinos agoreros.
El sol cae y se ahoga en sus fuentes redondas.

La tarde permanece mujer entre las rondas
del aire que va y viene tras la gris transparencia.
Y ahí estás, como el aire, casi ausente en ausencia
de tus ojos cerrados por el polvo de enero:

sólo sombra empapada de invictos aguaceros,
sólo luz en el hueco brutal de la conciencia.

Alberto Serret



Poesía




                        Emily Carr  (Bosque)




Sortilegio para atraer la alegría 


Los antiguos egipcios sembraban la alegría
-también llamada sésamo-, sus granos seculares,
sobre limo fecundo; y en surcos regulares,
por orden de los dioses o al paso de los días,
se gestaba la planta dorada a flor de tierra,
circunspecta y endeble a la vez, en sorda guerra
consigo misma, grácil como toda alegría.

Nosotros echaremos más hondo la semilla.
Hincaremos con fuerza los dientes del arado,
y aunque la tierra gima y el sol, desorientado,
nos queme los retoños y abrase las costillas,
los nilos -sus azules y blancos sin frontera-,
vendrán a cosechar la enorme primavera
que es la alegría humana, ¡oh invicta maravilla! 


          Alberto Serret
           Isla de Pinos, 1979


Poesía




      Lajos Gulácsy  (Magia)




Viaje definitivo 

Yo me iré en barca, ¿y hacia dónde?
Y tú me esperarás, ¿en qué sitio,
en qué instante del planeta?
Tú y tu carne dúctil, voluptuosa, tan igual a la mía,
esperarán en medio del silencio profundo,
entre el gas infranqueable y la materia.
Ya para aquel entonces no habrá nadie en la barca,
a mi costado: solo yo y tu fantasma,
tu nuca de ónix blanco,
ese largo bambú pulido por los besos.


                         Alberto Serret


       
       Serret, Ciudad de La Habana (1985)

Poesía




       Gustaw Gwozdecki  (Mujer con botella)




Cosas que se mueven en el fondo de un vaso
                                                                                                                                              A Eliseo Diego

Enero cae a fondo.  Su fermento se esparce
entre gárgolas, tejas y antiguos capiteles.
            Santiago Apóstol sueña lujuriantes corceles
que remontan las horas con sus mil ojos de arce
por un bosque de abejas sedientas.  El escarce-
o dulce de las nubes mordiéndose allá arriba
me da no sé qué blanda, perversa iniciativa,
qué lánguido descenso de cruces a una tumba.

            Enero cae a fondo.  Y en el silencio zumba
la muerte de los peces sobre la tierra viva.


    Alberto Serret



Poesía




   Sylvia Sleigh  (Desnudo)




A lo Quevedo

Aquí te dejo a un genio embotellado
y a la muerte también (mágica aguja).
Puedes usar aún mi alma y mi costado.
Fui con placer un cuerpo que se estruja.

Debo apurar la luz.  Cuando me vaya
o me funda en ascenso con la tierra,
quiero haber sido espliego, raíz de maya,
nunca el olor a sangre que me aterra.

Por eso ando en reparto.  Te confieso
que creo mucho en el amor y habito
en mí con la vehemencia de un poseso.

Que a veces doy al traste con mis dados.
Beso tu cuerpo, me dispongo al grito,
y polvo soy, mas polvo enamorado.

Alberto Serret

                   La Habana, 1983


Poesía




  Maurice Greiffenhagen  (Sirena)





No hay que olvidar la muerte de los peces...
            Salen a flote en densas pulsaciones de plata
como un gran desarraigo de edificios corales.
            La luna los rebaña con su luz imprudente
(cadáveres, cadáveres, residuales de agallas,
ojos de pez que suben a mirarnos como en manso reproche).
            
Una secta abisal los empuja al suicidio;
entre las espeluncas y las bolsas de aire, un dios
de vida líquida y Biblia bajo el brazo
los fecunda y los mata. Peces muertos que llegan
a echar su pobre muerte junto a los botecitos
donde los pescadores tienden su red al agua.
            
¡Alertas!, marineros, delfines de la costa:
se pudren los pequeños animales del fondo.
Y ningún diario del mundo recoge
la auténtica razón de tamaña catástrofe;
las emisoras de radio se limitan a cubrir
con paños de silencio la noticia;
los aviones atrapan en sus cámaras negras
flotillas recubiertas con escamas de pez
y rumbos sepultados en la superficie.
            
¡Alertas!  Las raíces humanas agonizan
a la luz de una luna tan sospechosamente
redonda y alumbrante como el ojo de un cíclope.
            
Nos estamos quedando sin el signo de Piscis,
sin el brillo incesante de sus constelaciones.
            
No hay que olvidar la muerte de los peces.

Alberto Serret
                Santiago de Cuba, Diciembre de 1978
              /La Habana, Enero de 1988





sábado, 14 de septiembre de 2013

Poesía




                                  Will Barnet  (Juventud)
                               



Décimas de puertas adentro
Alberto Serret

1

Hermana mía, amante,
compañera en el juicio
final, mi dios besante:
exclúyeme del mal
y del prejuicio
y de la oscuridad.  Que el militante
que soy del agua impura
con su fuente y su vicio
de darse, me hayan eximido
de toda necia y sucia limitante.


2

Cuerpo sombroso: copa henchida
que en torres líquidas florece.

Plata goteante que estremece
la boca, el cauce de mi vida.

Mujer y alcor, sediento druida,
balsa que se hunde en el abrazo.

Mano cerrando de un portazo
mi allá, mi esfinge, mi solsticio.

Piedra angular del edificio.

Isla que siembro paso a paso.

                                    La Habana, 1984


Cuento: Una bufanda para todo el invierno




      Jean-Simon Berthelemy  (La muerte del gladiador)






Una bufanda para todo el invierno
Alberto Serret

Después del entierro, la mujer abrió el armario y se dispuso a sacar todo aquello que pudiera traerle algún recuerdo triste.  El difunto nunca había tenido muchas ni muy atractivas pertenencias; luego de distribuir lo mejorcito entre familiares y amigos, lo único que quedó en poder de su viuda fueron dos pañuelos manchados, varios calzoncillos de lana, y una fea bufanda amarronada, con flecos ralos en las puntas.

-¿Y si la llevamos a una tienda comisionista?

-¿Tú crees que exista alguien en el mundo que se interese en algo tan horrible?

El hermano de la viuda, que era quien había hablado primero, se rascó la cabeza.

-Bueno, la verdad es que... ¡Y qué sé yo! Hay gente que con tal de comprar, compra las cosas más insospechadas.  Así que llevémosla a la tienda comisionista de la calle Monte, a ver si le sacas aunque sea unos pesos.

Días más tarde la bufanda se encontraba en vidriera, entre camisas estampadas con floripondios coloridos, pantalones de mezclilla prelavada y manteletas de estambre.  La nueva prenda en oferta constituía un pecado de lesa marronez en medio de tanta tela de tono chillón, artículos de cuero pirograbado y joyas de fantasía.  Justo a la hora en que la tienda estaba a punto de cerrar, fue detectada por un individuo de cierta edad que entró al establecimiento; era pálido, de calvicie incipiente y barriga que pugnaba por hacer saltar la hebilla del cinturón.

-¡Una bufanda! -exclamó, en un tono tal que parecía que aquella desastrosa pieza de paño era justo lo que él había estado buscando durante toda su vida.

-¿Y?  -el colega que lo acompañaba lo miró, inquisitivo.

-Una bufanda marrón -repitió el otro, como tratando de reprimir su entusiasmo-, ¡mira!

-Si, ya la veo -dijo el colega, poniendo cara de asco-, es algo espantoso.

A pesar del dictamen lapidario, el de la calva incipiente pidió que le permitieran ver de cerca la bufanda.  Cuando la tuvo en las manos, su entusiasmo aumentó visiblemente.

-¿Cuánto cuesta?

-Siete pesos -le informaron.

-¿Siete pesos?  -repitió, asombrado-, ¡qué barata!

-¿Como que qué barata? -se asombró el colega- ¿Siete pesos ese vejestorio?  Yo no pagaría ni cincuenta centavos por ella.  Además -agregó-, con este calor, ¿quién puede soñar con ponerse eso?

Sin siquiera una réplica, el otro sacó la billetera, decidido a pagar el precio de la bufanda.  Su compañero hizo el último intento por evitarlo:

-Augusto, no seas loco, tú.  Es horrenda, y no te va a servir de nada, jamás te la vas a poner.  Y sabe Dios a quién perteneció antes, a qué muerto se la quitaron.  Te juro que me da muy mala espina, me da... no sé qué.


Ya en casa, el nuevo dueño de la bufanda fue hasta su habitación, desempaquetó el amasijo de grueso paño y se puso a admirarlo, dándole vueltas y más vueltas, como buscando algún indicio de su pasado: una mancha reveladora, una zona descolorida, una rugosidad, algún accidente en el tejido…

En el momento en que iba a colgar la bufanda en un perchero, se dio cuenta de que aún no se la había probado. 

Empezó a imaginar cómo luciría cuando se la estrenara durante las primeras rachas frías de diciembre: quizás insinuándose bajo las solapas de su chaqueta azul, o complementando la sobriedad del suéter negro, o con el abrigo de gabardina color chocolate, que todo el mundo decía que le daba un aire tan elegante.

Debía probársela de inmediato. 

Sí, de inmediato.



Se paró frente al espejo, que lo reflejaba de cuerpo entero, y largó zapatos, medias, pantalones y camiseta, y por último el slip, que derramó en torno los vapores del día.  Si hubiera estado en sus manos, el hombre se habría despojado inclusive del pellejo, para quedar completamente desnudo ante su propia imagen.

Al ser colocada sobre los hombros de Augusto, la bufanda pareció animarse, como si despertara, como si de pronto hubiera empezado a largar un lastre de siglos.  Caía a ambos lados del pecho, cubriendo casi las tetillas, que se destacaban como la única nota de color en el territorio de carne blancuzca.  

La tela despedía ese tufo alcanforado de ciertas piezas de ropa, que es como si vinieran de la noche y fueran hacia otra noche, sin que nadie llegue a saber nunca dónde se encuentran su verdadero origen ni su destino.  Ahora no era más aquella mustia bufanda marrón, sino una sinuosa, vibrante cosa digna de llevarse enroscada al cuello, capaz de resguardar a cualquiera de la llovizna o del inhóspito frío de las madrugadas. 

Augusto se la acomodó en círculos aún más estrechos, y después levantó los ojos para mirarse en la luna del espejo.

Aquel otro era él mismo, desnudo y bello como jamás en su vida.  Él mismo, Augusto, sobre unas piernas de puro bronce que relucían en la penumbra: Augusto sin amenaza de calvicie, Augusto sin pancita reventona y sin los michelines cayendo sobre el borde de las caderas.  La pieza de tela ajustaba con blandura; había adquirido tintes más profundos, y algo que salía de muy adentro de sus pliegues comenzó a emitir una rara claridad fosforescente.

En ese momento el hombre recordó su renuncia a participar en las competencias interprovinciales de esgrima, por allá por su época del preuniversitario.  Y recordó también su cobardía de aquella vez en que estuvo a dos pasos de confesarle a su primo Abelardo lo que sentía realmente por él; pensó en que lo tuvo acostado a su lado, en su propia cama, durante los primeros quince días de agosto, durante las vacaciones, sin siquiera atreverse a estirar una mano y dejar que la naturaleza y los deseos mutuos hicieran el resto. 

Augusto se acordó de que siempre había preferido los primeros pisos, y que las ventanas, mientras menos altas, le parecían menos peligrosas, menos maléficas, menos tentadoras.  En cuanto a las puertas, era mejor que se mantuvieran bien cerradas, herméticas, para que nadie pudiera colarse por ellas. 

Augusto pensó en su noviazgo de siete largos y aburridos años con su actual esposa, y recordó la boda: una boda por la iglesia, que se hizo según los deseos de la familia de ella, a pesar de que él, Augusto, en su vida había ido siquiera a una misa.


La bufanda se ajustó otro poco al cuello del hombre, que estaba ahora muy pálido.  De las fibras amarronadas dimanaba un calor penetrante, y los flecos descendían hasta más abajo de las caderas, como si la pieza de paño se hubiera alargado.

Augusto sintió de pronto que no debía, bajo ningún concepto, entregarse a aquello maravilloso y desconcertante que estaba creciendo en su interior.  Y la luz que pugnaba por crecer allá dentro diciéndole que sí, sus instintos diciéndole que sí, que se dejara llevar por el impulso, por... Y él, en cambio, ¡que no y que no!, aunque en eso le fuese la vida, porque es que aquello no estaba permitido.  Si cedía a sus instintos, ¿qué podían pensar de él su mujer, y sus padres, y los padres de su mujer, y los vecinos, y sus difuntos abuelos que en paz descansen, siempre tan rigurosos en cuestiones de moral y honra pública?


La bufanda apretó otro poco.

Mientras tanto, Augusto tomaba conciencia de lo saludable que habría sido para su futuro dejar a tiempo aquella estúpida carrera de ingeniería.  Para qué graduarse, si lo único que iba a conseguir era convertirse en esclavo de una carrera para la que no tenía la menor vocación.  Más le hubiera valido dedicarse a las artes marciales, que siempre le fascinaron, o a pintar, o a fabricar minúsculos barcos de vela dentro de minúsculas botellas…

Por su memoria desfilaban imágenes.  Imágenes, recuerdos, sueños.  Panes que no llegó a probar, labios que no llegó a morder, frases que no juzgó prudente pronunciar, y ésas otras que dijo a pesar suyo, como miles de acepto, acepto, acepto, sin preguntarse por qué acepto, ¿será digno que acepte?, acepto y acepto mansa y nauseabundamente sin cuestionar nada, nada.

Los extremos de la bufanda dieron un tirón violento; alrededor del cuello de Augusto se cerró un cepo viviente, la energía musculosa de una especie de reptil flamígero, que soltaba vaharadas de furor por cada una de sus células.  La habitación completa parecía el vórtice de un incendio.

En el último momento, los dedos de Augusto trataron de arrancarse la bufanda, que apretaba y apretaba, cortándole el grito y la respiración.

Sueños que no interpretó.  Milagros cuya trascendencia no supo calibrar.  Palabras que no quiso exprimir.  Fragancias que no perpetuó.  Cuerpos que se escurrían de entre sus manos porque a él le daba miedo retenerlos.  Placeres que no osó probar…

Augusto cayó de bruces, y de su boca escapó un estertor.

Inmediatamente, la bufanda dejó de relumbrar.  Sus pliegues se aflojaron velozmente, y toda ella, como una culebra sigilosa, se fue desenroscando a medida que se deslizaba entre la nuca inmóvil del hombre y las losas del piso. 

Al minuto ya había recobrado su inexpresivo color amarronado y su aire de absoluta inocencia.  Luego, reptó hasta una de las gavetas del armario entreabierto y buscó asilo entre las sábanas y las toallas.  Allí, hecha un ovillo, se dispuso a esperar a que alguien la llevara de regreso a la tienda comisionista de la calle Monte.




Poesía




       Oscar Bluemner  (Noche resplandeciente)




Otro sueño, acaso otra pesadilla

Pusimos la mañana en un cofre de plata
y la enterramos en el fondo del patio
junto a la mata de mango, cerca de la cerca
con alambres de púas, donde no sepa nadie.
            
Pusimos la tarde en un cofre de oro
y la echamos al mar como a un bote fantasma
que se asoma a la niebla del sueño repetido
donde siempre -inevitable cosa- naufragamos.
            
Pusimos, además, la noche en una alfombra,
en una alfombra mágica, y la echamos a volar
por encima de cúpulas y fuentes desahuciadas.
            
Ahora no queda nada por hacer
sino abrazarnos en el borde del tiempo,
como danzarines
que giran, giran, sin esperanza alguna.


                                               Alberto Serret