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sábado, 14 de septiembre de 2013

Cuento: La Virgen marciana




                            Botticelli  (Retrato de Venus, detalle)       





La virgen marciana
Alberto Serret

Ya hace bastante que pasó lo de esa virgen, periodista.  Cayó cerquita de aquí, junto al batey, camino de las lomas.  Era bonita: toda dorada, con un halo igual al de la Caridad del Cobre.  Yo la vi, la vi con estos ojos que se va a comer la tierra. 

Al principio hubo quienes pensaron que era la mismísima Caridad, y que Dios la había enviado para que metiera en cintura este valle de lágrimas.  Ya usted sabe como es la gente de novelera. El caso es que un arriero se la encontró dormida bajo la ceiba grande, con su montón de palomas revoloteando en derredor, y enseguida vino para el pueblo con la noticia.  

Por aquel entonces todo estaba malo; el maíz crecía miserable, por la seca, y la caña tampoco se tenía en pie: se arrinconaba entre su propia paja, formando nudos.  Y de la yuca, ni hablar, si hasta bejuco parecía: flaca, hambreada que daba grima.  Y lo demás tampoco iba mucho mejor.  Por aquí siempre ha habido mucha desgracia, y mucho abuso; abuso de ya usted sabe quiénes.  Por aquí los sinvergüenzas se dan como la verdolaga, y en donde arrancamos uno, crecen tres más. 

Como esto está tan alejado de todo, cualquiera viene y se hace dueño, y luego va y pasa el peine, hasta que lo quitan y ponen a otro, que es peor. Así, ¿qué orden puede haber?, figúrese.  Si los de allá arriba son los primeritos en robar. Y, mire, periodista: un hombre al que lo joden y lo vuelven a joder, se le envenena la sangre, y esa sangre emponzoñada pasa luego a sus hijos, y ya no hay cómo romper la cadena.  Uno trata de andar bien con la ley, pero, ¿y si la ley resulta una reverenda mierda?  Usted perdone si llamo las cosas por su nombre, pero yo, al pan pan y al vino vino.

¿De qué le estaba hablando?  Ah, sí: lo de la virgen...  Se veía tan fresquita, tan como recién caída del cielo.  ¿Le dije que un arriero se la encontró durmiendo bajo la ceiba grande?  Pues sí, dormía como una bendita.  Y cuando se despertó, bostezaba, y el ceremil de palomas revoloteando en derredor...  

Por cierto que aquellos pajarracos tampoco eran de este mundo.  No señor.  Tenían algo como metálico en las alas, algo como... raro.  Sí, sonaban bien raro.  Y a veces levantaban vuelo y volvían enseguida a posarse cerca de la virgen, que ni caso les hacía.  Porque ella estaba siempre como en el Más Allá, le digo; no era de esta tierra, le digo.  No hacía caso ni de sus propios pajarracos.  Y a nosotros los del pueblo tampoco nos miraba.  Ni nos miró cuando la rodeamos y alguna gente empezó a hacerle preguntas y peticiones. 

Yo lo vi todo.  Y vi de cerca sus ojos.  Le aseguro que en ellos no había asomo de estrellas ni de nubes ni de nada que pudiera recordar las estampitas de los curas.  En aquellos ojos había como hielo, y ausencia, sí, como agujas de hielo que se le clavaban a uno dentro.  El curita dijo que lo mejor era llevarla para la iglesia, así que cargamos con ella mientras sus palomas alborotaban sobre nuestras cabezas.  Luego, cuando la pusimos en la capilla, fue que empezó todo.  

La virgen y sus pajarracos se portaban de un modo extraño, incomprensible; en cuanto un cristiano se arrodillaba para rezar o pedir algo, las palomas se volvían como locas y le iban para arriba, como si quisieran comérselo a picotazos.  Figúrese.  Todos nos sentíamos... no sé… defraudados. 

A mí es que me dio mala espina desde el principio, oiga. Todo el mundo esperaba con paciencia a que sacara su naturaleza celestial, pero a mí sí que no pudo engañarme nunca; yo estaba convencido de que era una marciana... ¡De virgen no tenía ni la lengua!  

Y la vida me dio la razón, sí señor.  Yo estaba claro, clarito, sí señor: aquella virgen marciana no tomaba ni agua, ni comía.  Bien que se lo advertí al cura: “Para mí, padre, que eso no es virgen ni la cabeza de un guanajo, para mí que es un bicho de otro planeta”.  Pero el cura se persignaba y me mandaba a callar.

La gente seguía viniendo de todas partes para ver a la Purísima, que así se la llamó desde el primer día: la Purísima.  Durante meses estuvieron llegando creyentes de las seis provincias, con la esperanza de que la famosa virgen les sanara sus llagas: las de afuera y las de adentro.  Luego, familias enteras empezaron a dejar de acudir a misa, en protesta porque la Purísima les hacía el caso del perro. 

Y es que ni un milagro, óigame, ni un miserable milagrito, ¡nada!  Podía haber curado a una vaca sarnosa, digo yo, podía haber resuelto algunos problemas del pueblo… ¡Pero nada, nada de nada!  Y no hay derecho.  No puede haber derecho…

¿Qué le estaba contando, periodista?  Ah, sí.  Es que se me va la mente, ¿sabe?  Por la edad.  Acabo de cumplir los noventa, y estoy fuerte, vea... Pero la mente, a veces, es como si se me perdiera, como si se me llenara de alas, y ya no veo más que alas: un par de alas inmensas, blancas…

Pues un día la virgen se presentó a misa más despeinada que de costumbre, como si estuviera enferma, como si tuviera fiebre alta.  Yo le digo que aquel día la virgencita estaba de lo más rara, y no quiero entrar en detalles, prefiero que usted se imagine… Con decirle que algunas mujeres les prohibieron a sus maridos y sus hijos que se acercaran por la iglesia. 

Para colmo, aquella virgen tenía unas caderazas, y unos pechos… Y yo por esa época era un pichón como quien dice: dieciocho años recién cumplidos, así que imagínese. Y la virgen estaba buenísima. Aquellos ojos suyos se le habían ido cuajando de puros tizones, de leña que ardía como una maldición.  Uno es hombre y no es de piedra.  Y yo, menos. Yo que me ocupaba de ella y trataba de mantenerla limpia y rodeada de flores: geranios, gladiolos, azucenas, rosas.  Yo hasta la bañé una vez, ¿sabe?  Bueno, ayudé a cargar agua para su baño, porque las comadres no me dejaron participar.  Pero miré desde lejos, por una rendija que había en la ventana.  ¡Y no quiero ni acordarme! 

Figúrese...  Un día pasó lo que tenía que pasar.  Una noche...  Si lo estoy viendo como si fuera ahora mismitico.  Cierro los ojos y oigo el ladrido de los perros, y oigo los crujidos de las cañas quemándose a lo lejos, y siento el calor de las llamas consumiendo los pabilos junto al altar mayor; y abro los ojos y ahí está el cuerpazo de la virgen, brindándose sobre la alfombra del pasillo, en un círculo de palomas. Las palomas se quedan ahí, esperando, mirando.  Y yo que me acerco paso a paso tratando de no hacer ruido. Y la mata de pelo de la Purísima, esa mata de pelo pajizo lleno de pétalos, regándose por todos lados.  Y el tafetán de su vestido al rasgarse.  ¡Jesús, María y José! 

Discúlpeme, periodista, estoy un poco cansado.  No debí contarle todo esto: historias viejas, historias de las que ya nadie se acuerda.  Usted quizás no entienda.  Pensará que soy un viejo verde.  Llévese sus apuntes y escriba lo que le dé la gana.  No me interesa.  

Hice lo que hice y sanseacabó.  Si la virgen salió embarazada y tuvo que irse con su música a otra parte, culpa mía no fue, sino del Cielo, o de los marcianos, o de lo que fuera que fuese.  ¡Allá Dios si no quiere perdonarme la herejía!




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