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sábado, 14 de septiembre de 2013

Poesía




      Alexandre Cabanel  (Ángel caído)





Perros

Las calles están llenas de perros sin amo
(un perro sin amo es 
como un perro muerto por anticipado).

                                                Perros
que husmean en latones de basura
y entre la hierba seca de los parques;
perros con sed, abandonados,
cubiertos de horribles mataduras.

                                                Perros
de piel en carne viva, moribundos;
perros heridos, perros de distintas razas:
poodles o semipoodles, chihuahuas, malteses
o simplemente perros satos que hociquean
en una alcantarilla donde no encontrarán
ni una suela de bota comestible.

                                                Perros
que respiran el aire minado por los hombres,
miasma puro; perros extirpados
de algún honesto hogar de hijosdeputa
que tampoco tienen ya mucho que comer.

Perros de Dios, ¡diosmío!,
perros perros sagrados
de Babalú Ayé Carretonero: sólo perros
de cruces de caminos, a la entrada de una cafetería,
en los portales y los callejones; perros
sepultados en la nube del ojo de un país,
babeando sangre putrefacta; ni siquiera gimientes
ni mendicantes, sólo perros sin amo
tendidos en mitad de la calle, a la espera
del súbito milagro de una rueda asesina
o la discreta posta de veneno
para dejar atrás su hambre y su abandono.

Y a quién puede importarle que se pudra
tanto perro sin amo, mientras el hombre tenga
un amo a quien servir
            y a quien lamerle el culo (ya se sabe
que un hombre sin amo 
es como un hombre muerto);
si el hombre mismo es menos que un ser indiferente
al entrañable símbolo de las cosas comunes;
si el hombre mismo va de puerta en puerta
preguntando si tienen un mendrugo de pan
o una porción de alma de desecho;
si el hombre es como un perro con amo
            que va a tientas
tropezando en su estúpida sombra bendecida
                        por la Ley y la Iglesia 
y los Partidos.

Qué podría importarnos, en semejante trance
tanto perro vencido,
tanta bestia sin amo que agoniza
viva aún a pesar de los pesares,
respirando a poquitos con toda su inocencia.

                               Alberto Serret                 

      La Habana, 12 de febrero de 1992



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