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miércoles, 30 de octubre de 2013

Poesía




Jean Berner  (El naufragio)




No estás junto a nosotros
y hay que seguir viviendo,
colocando las cosas por orden de interés
o de tamaño, asiéndonos
a las coyunturas
como desarraigados,
como patas de pollo.

No estás junto a nosotros
y qué importa,
si de cualquier manera hay que seguir viviendo
y enseñando la pátina helada de los dientes,
bailando el minué
            social
con la esperanza
de verte aparecer fantasma en un recodo,
como el vértice que eres
de un triángulo mayor:
de lumbre,
de cianuro,
de insolente metal.


                 Alberto Serret



Poesía




Herbert Draper  (Ulises y las sirenas)




¿Quien es que llora en la noche

bestia o sombra, suave y lento?
¿Quién va con su desaliento
sin paz ni espanto ni broches
en el pescante de un coche
sin ruedas y sin corceles?

Memoria de alas infieles,
cada una por su lado.
Hervor de cuello apretado
por invisibles cordeles.

¿Quién es que vierte las mieles
y las pasiones del mundo
en un catauro profundo?

¿Quién decapita a mis fieles
y deja a los timoneles
de su locura en mi nave?

Nadie sabe, nadie sabe;
nadie responde a mi grito.

¿Y el borde de lo infinito
es un hombre o es un ave?


                                   Alberto Serret

(Los versos con negrita pertenecen al texto de la ópera rock Estrella y Muerte de Joaquin Murieta, de Pavel Grushkó, basada en una obra teatral de Pablo Neruda).



Poesía




  Klee  (Gato y pájaro)




Réquiem por una gata negra

Mi princesa de fieltro, mi gata que se ha ido
al hondo laberinto de las cosas inertes;
no vale preguntarte dónde estás, porque el nido
quedó aquí rezumando de tu vida y tu muerte.

Eres como la luz nocturna que nos queda,
mota negra, Martina, alma lunar, muchacha
que velas nuestros sueños con tus ojos de seda
y aún pasas por los cuartos como una oscura racha.

Gata nuestra, regalo de Bast, que nos duraste
lo mismo que un merengue delante de una escuela;
te nos fuiste tan pronto, Martina, y nos dejaste
tan tuyos como siempre…

                                    Con el tiempo, algún día,
viajaremos contigo sobre una inmensa ola
del abismo, preguntándonos el por qué todavía,
y entonces no estaremos tan solos, gata mía,
y tú tampoco nunca volverás a estar sola.

Alberto Serret

                 La Habana, septiembre y sábado de 1991



Poesía




                Lin Jinfu




Donde el Poseído se confiesa culpable

Sobre un campo de sábanas echado
como brote de carne en la corriente,
flaco, trigueño, sólido y caliente
yace el cuerpo de un hombre conquistado.

Cuelga la verga trémula a un costado,
coceando aún, menguante, su cabeza.
Cada músculo reina en cada artesa
por entre frondas y émbolos untados

de saliva y de semen y sudores
que huelen a resaca y yerbabuena.
Hay un ronquido de hornos delatores

en la pieza cazada, que aún se agita
tratando de escapar a su condena
y a esta cristiana paz de agua bendita.


Alberto Serret


Poesía




García de Benabarre  (Arcángel Gabriel)





Dibujo al creyón

Esta niña me pide que le dibuje un hombre
con las alas abiertas bajo el claro de luna.

Esta niña me pide que pinte un ángel, una
visión como de Ícaro.  Y, aunque no le da nombre,
quiere que sea trigueño, de belleza que asombre
y cuyos ojos claros hagan palidecer
a todo el que los mire, sea varón o mujer.

Pero, ¿cómo consigo que ese ángel vuele y
no se deje atrapar por redes ni por nada?

Habrá que darle un cinto. Con el cinto, una espada
para enfrentarse a todos, empezando por mí.

Alberto Serret

                 La Habana, 1985



Poesía




  Jan Preisler  (Adán y Eva)





  Versión y fuga


                             Tórtola mía, sin estar presa
                        hecha a mi cama y hecha a mi mesa,
                        a un beso ahora y otro después...
                                    José Jacinto Milanés


Tórtola mía, libre a la rama
como un fragmento de absorta llama
que se nos fuga de la canción
para perderse en la incierta trama
de la tristeza o de la ficción.

¿Por qué te has ido?  ¿Donde te posas
tienen los húmeros y las rosas
más ancho espacio que el que te di?
¿De cuántos hilos y cuántas cosas
consta la ausencia que hincaste en mí?

¿Viajar?, ¿romperte contra el invierno?,
¿hundir tus plumas en el infierno
donde la hormiga roba su miel
sólo te incita?  Que el humo tierno
de la nostalgia te abra la puerta
y, un ala viva y un ala muerta,
vuelvas a echarte bajo mi piel.

                                   
                                    Alberto Serret
Santiago de Cuba, 1978



lunes, 14 de octubre de 2013

Poesía




          Richard Hamilton  (El ciudadano)




Autovisita

Yo mismo me visito
por las madrugadas
cuando ya todos duermen,
yo mismo me visito.

Y estoy lleno de angustia,
de miedo a las paredes
y al enorme vacío
que el horror secular
nos ha falsificado.

Sonrío a cada miembro
de mi espacio perdido,
buscándome entre ellos
más allá de la cama:

He aquí al mismo de siempre
con el alma preñada
y el vientre enfebrecido:
He aquí al mismo de antes
con la lengua más torpe
y el amor menos híbrido.

No son muchos los cambios
que este otro ha sufrido
a través de la muerte
o a través de los siglos:
llevo la piel rasgada,
tatuada, descosida,
y alguna que otra huella
de sol o gasolina
alrededor del férreo
himen que me protege
de cualquier maleficio.

Alguien zurdo ha quebrado
los últimos espejos
para que yo no pueda
sondearme la expresión
o señalar las sienes
simulando el delirio.

La espalda, dura dura
y untada de vinagre,
agujereada, hundida
de dormir sobre clavos
como un faquir o un dios.
El corazón de prójimo
mudado de lugar,
un poco más arriba,
un poco más abajo
(quizá sea realmente
otra bomba de tiempo).

Y estoy así, enfrascado
en descubrir mi rostro
bajo las pesadillas.
Y me observo en silencio
desde la oscuridad,
y acaricio mi frente
con discreta ternura,
y extraigo del sombrero
una gaviota viva
y la alargo empapada
de lluvia sobre mí
(refulge entre las sombras
su impecable plumón)
tanteando un punto clave
donde ponerla a arder
bien cerca de mis manos.

Alberto Serret

La Habana, 1985


Poesía




            Pekka Halonen



Tradiciones y otros engendros

La mano vieja me exprimió la boca.

Desenvainados
los consabidos cúbitos y radios,
la mano vieja me cerró los párpados.
Subitánea pasó por mi aliento
como una tatagua
sobre el enigma roto de una vela.

La mano vieja me palpó el contorno,
redescubrió algún punto
            flotando por entre mis costillas
y develó los resortes de una estirpe
descendiente cercana de Mahoma.
Con agujas calientes grabó cada nombre,
cada antiguo apellido,
y los fue esparciendo por detrás de la imagen
hasta en los huesitos más recónditos.

La mano vieja señalaba
            con un índice yerto la necrópolis,
el nido de cenizas insurgentes,
las cucarachas en crisálida…

Pobre la cercenada mano vieja,
la nervuda asesina
y su conglomerado de satélites,
aguardando, detrás de la vigilia,
la sobada moneda del oficio.


Alberto Serret

Santiago de Cuba, 1965



Poesía




    Harold Hitchcock  (Tarde en Venecia)



Adviento

Los demás, cuando tropiezan con la noche,
¿hallan siempre este espasmo de lentes luminosas?
Si uno inventa el amor como inventa la muerte,
¿qué cuchilla es capaz de cortar los hilos invisibles?

Y si el amor perdiera los sentidos
pero sigue habitando en su eterna corteza,
¿qué nuevos teletipos vendrán a repasar las cintas de memoria?

(Memoria de la sombra, memoria del placer)

Porque entonces, cortadas las ruidosas catapultas,
¿cómo podré enterarme
de que algo en mí ha dejado de latir?

                                   
Alberto Serret
Isla de Pinos, 1978


Poesía




Lawren Harris  (Casas de Toronto)






Fragmentos de luna en una taza roja


En mi casa,
en la puerta de mi casa de niño,
hubo siempre una placa que decía:

                Con Dios todo, sin Dios nada

Y en nuestra casa,
en la puerta de nuestra inmensa casa de insólitos gitanos,
(esa puerta sin muerte que hemos ido erigiendo
con amor de los dos)
hace mucho colgué una placa que reza:

                Contigo todo; sin ti, nada

Y ahí, por los siglos de los siglos
permanecerá.


                                                                           Alberto Serret