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lunes, 14 de octubre de 2013

Poesía




          Richard Hamilton  (El ciudadano)




Autovisita

Yo mismo me visito
por las madrugadas
cuando ya todos duermen,
yo mismo me visito.

Y estoy lleno de angustia,
de miedo a las paredes
y al enorme vacío
que el horror secular
nos ha falsificado.

Sonrío a cada miembro
de mi espacio perdido,
buscándome entre ellos
más allá de la cama:

He aquí al mismo de siempre
con el alma preñada
y el vientre enfebrecido:
He aquí al mismo de antes
con la lengua más torpe
y el amor menos híbrido.

No son muchos los cambios
que este otro ha sufrido
a través de la muerte
o a través de los siglos:
llevo la piel rasgada,
tatuada, descosida,
y alguna que otra huella
de sol o gasolina
alrededor del férreo
himen que me protege
de cualquier maleficio.

Alguien zurdo ha quebrado
los últimos espejos
para que yo no pueda
sondearme la expresión
o señalar las sienes
simulando el delirio.

La espalda, dura dura
y untada de vinagre,
agujereada, hundida
de dormir sobre clavos
como un faquir o un dios.
El corazón de prójimo
mudado de lugar,
un poco más arriba,
un poco más abajo
(quizá sea realmente
otra bomba de tiempo).

Y estoy así, enfrascado
en descubrir mi rostro
bajo las pesadillas.
Y me observo en silencio
desde la oscuridad,
y acaricio mi frente
con discreta ternura,
y extraigo del sombrero
una gaviota viva
y la alargo empapada
de lluvia sobre mí
(refulge entre las sombras
su impecable plumón)
tanteando un punto clave
donde ponerla a arder
bien cerca de mis manos.

Alberto Serret

La Habana, 1985


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