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domingo, 25 de mayo de 2014

Poesía




Andrew Salgado








Conversación con el otro, el que sonríe 
 
Mientras danzas, payaso, sobre una cuerda floja,
yo repaso mi infancia, hoja por hoja:
La madrina postrada con dolores de pecho
comiéndose a Meñique crudo, frío, deshecho;
los árboles sangrantes, los heridos piñones
del patio de La Maya. Sagrados corazones
de cabellera blonda y ojos como los de
mi padre, el añorado, el que ya se nos fue.

Abro cajas, gavetas, cofrecitos de antaño
y encuentro, medios rotos y estrujados, diez años.
¿O acaso quince?, ¿veinte? No sé cuántos milenios.
Y Aladino y su lámpara, en la que ya no hay genios.
Y la canal del chorro, y otra tarde de lluvia
donde me iba a bañar con la vecina rubia
(se casó aquella noche y volvió con el cuento
de un falo como estaca y un marido violento).
Tanto sol que arde, que me arde y me ciega:
un ataúd, un río, esa mujer que llega,
y el semen que me sale con angustia, diosmío.
Y soldaditos mancos. Y judíos que ardieron.
Cuánto arsenal insomne, cuanto niño en creciente
que perdió hasta la luna con los primeros dientes.

Nos vamos mutilando, infundiéndonos pánico
con cada cucharada de miel y Yodotánico;
nos podamos las ramas en días más que oscuros
para que no perturbe el reino de los muros.
Agua limpia a podrirse junto al acantilado
que atrapa el cielo infecto
de una larva de insecto
condenada a ser fósil en su marco dorado

Yo me niego,
me niego,
me niego a desandar por el mismo vacío
que degolló a Meñique, y a La Maya, y al río,
y me niego a heredar la hipócrita sonrisa
que acepta y se conforma, disimula y bautiza.
En todo caso escojo un papel
secundario:
                        el de arcángel Miguel,
el tremendo emisario
de la luz; el que pronto se consume en la hoguera
que los inquisidores dan a la primavera,
y de entre cuyos hombros, tal vez discretamente,

se desprenda una pluma y se eleve, aún caliente.

                                                                   Alberto Serret


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